viernes, 9 de octubre de 2026
Guia para mi hija en vivienda, victimismo, esfuerzo y longevidad
Tercer capítulo de una serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa y Este es mi voto en las elecciones pensando en longevidad.
Mi hija tiene tres años.
Ahora mismo su mayor preocupación es si vamos a jugar. Pero dentro de unos veinte años me hará una pregunta que muchos padres ya están escuchando en casa:
"Papá, ¿por qué es tan difícil tener una casa?"
Esta semana, entre la acampada en Sol, los decretos que cayeron y unas elecciones convocadas a toda prisa, he ido preparando la respuesta.
Y he llegado a una conclusión que quizá os sorprenda. Lo que le voy a decir no es que lo va a tener difícil.
Le voy a decir que va a nacer, que ya ha nacido, en el mejor momento de la historia para conseguir lo que se proponga.
Os explico por qué.
El mejor momento de la historia
Durante casi toda la historia de la humanidad, cerca de la mitad de los niños morían antes de cumplir cinco años. Hoy, en el mundo, es alrededor de uno de cada 25. En España, casi ninguno.
Hace doscientos años, la gran mayoría de la humanidad vivía en pobreza extrema. Hoy es menos de uno de cada diez.
En España tenemos una de las esperanzas de vida más altas del planeta. Tenemos acceso gratuito a casi todo el conocimiento humano en un teléfono. Podemos aprender cualquier cosa, vender a cualquier país y montar un negocio desde el salón de casa.
¿Hay problemas? Claro. La edad media para independizarse en España ya supera los 30 años, y eso es real.
Pero nuestros abuelos no tenían la vida más fácil. Tenían guerras, hambre, emigración y trabajo desde los catorce años. Si alguien cree que la vida era más fácil antes, que se lo pregunte a sus abuelos.
La vida siempre ha sido dura. Lo que nunca había sido es tan fácil.
Entonces, ¿por qué tanta gente no lo consigue?
Si vivimos en el mejor momento de la historia, y aun así hay mucha gente que no consigue lo que quiere, quizá merece la pena hacerse una pregunta incómoda.
No para señalar a nadie. Para mirarnos a nosotros mismos.
¿Es posible que el nivel de esfuerzo medio haya bajado más rápido que la dificultad?
No tengo la respuesta para cada caso. Hay gente que se deja la piel y tiene mala suerte. Pero creo que es una pregunta que casi nadie se atreve a hacerse en voz alta. Y es justo la que más poder nos da, porque es la única cuya respuesta depende de nosotros.
Dos tipos de personas
Estos días, escuchando el debate sobre la vivienda, se me ha hecho muy evidente algo que llevo años viendo en muchos ámbitos: hay dos tipos de personas.
Las primeras se consideran víctimas. Su situación siempre es culpa de algo externo. Y como los que tienen que cambiar son los demás, nunca buscan mejorar ellas. Acaban conformándose, frustradas, y moviéndose por la envidia: no desean tanto conseguir algo como que el otro no lo tenga.
Y hay algo peor: cada vez son más dependientes. Si todo depende de otros, siempre hay que esperar a que otros actúen. Del casero, del Gobierno, del sindicato, de la ayuda. Es justo lo contrario de lo que aprendí en el desierto de Burning Man y os conté hace tiempo: el principio de Radical Self-Reliance, la autosuficiencia radical. Allí nadie viene a darte de comer. Lo llevas tú.
Las segundas se hacen responsables. Reconocen las dificultades, pero buscan la manera de salir adelante sin excusas, con esfuerzo y con sacrificio.
Y hay un consejo para los jóvenes que me parece oro. Cuando veáis a alguien que ha conseguido algo que os gustaría, haceos dos preguntas:
- Si esa persona ha podido, ¿por qué no voy a poder yo?
- ¿Cómo lo ha conseguido, y qué puedo aprender de ella?
Envidiar o estudiar. Es la misma situación, la misma persona delante, y dos vidas completamente distintas.
Y no es solo una opinión. El estudio de Dunedin siguió a más de 1.000 niños desde que nacieron hasta los 32 años. Los que de pequeños tenían más autocontrol (capacidad de esperar, de planificar, de no rendirse) llegaron a adultos con mejor salud y más patrimonio, independientemente de su inteligencia o de la clase social de su familia.
Y un dato que une todo lo que hago: la escrupulosidad, ese rasgo de las personas organizadas, constantes y responsables, es uno de los mejores predictores de longevidad que conocemos.
El esfuerzo y la planificación no solo os dan una casa. Os dan años de vida.
Las buenas intenciones y las consecuencias de segundo orden
En el primer capítulo os decía que las medidas no tienen por qué funcionar aunque se aprueben. La vivienda está llena de ejemplos.
Cuando Cataluña limitó los alquileres en 2020, la oferta de pisos en alquiler cayó entre un 10 y un 15%. Y tras el nuevo control de precios de 2023, Idealista registró en Barcelona una caída de la oferta del 25% en un solo año. Muchos propietarios vendieron, pasaron al alquiler de temporada o dejaron el piso vacío.
En Berlín, el tope de 2020 consiguió bajar los precios. Pero, según el instituto alemán DIW, los pisos se volvieron más baratos, pero mucho más difíciles de encontrar. Y en 2021 el Constitucional alemán anuló la medida.
En Estocolmo, con rentas controladas y contratos casi indefinidos, la espera media en la cola oficial para conseguir un alquiler es de más de nueve años.
Ninguna de esas medidas se aprobó con mala intención. Todas querían ayudar al inquilino. Y en todas, el que más sufrió fue el inquilino que todavía no tenía casa.
Hay una paradoja aún más fina. La inmensa mayoría de los caseros en España son pequeños propietarios. Personas que ahorraron, compraron un piso y lo alquilan. Cuando se regula contra "los rentistas", quien tiene músculo legal y financiero para adaptarse son los grandes fondos. El pequeño propietario sale del mercado. Y el resultado es justo el contrario del que se buscaba.
Esto es lo que os contaba sobre el altruismo eficaz: lo que importa no son las intenciones, son los efectos. Y los efectos hay que medirlos.
Las casas no aparecen por decreto
Hay otra idea que me parece fundamental: casi todas las viviendas de este país las ha construido alguien que arriesgó su dinero, su tiempo y su trabajo esperando que mereciera la pena. Un promotor, un arquitecto, albañiles, electricistas, fabricantes, transportistas.
Los ciclos de construcción son largos. Necesitan reglas estables. Y cuando las reglas pueden cambiar a mitad de partido, el capital, que es muy listo, se va a otro sitio. Se piden menos licencias, se cancelan proyectos y los bancos cierran el grifo.
Si quitas el incentivo para construir, no bajas el precio de las casas. Dejas de tener casas.
Lo que aprendí con uno de los firmantes de la Constitución
Hace un tiempo tuve el honor de conocer a Ramón Tamames, uno de los firmantes de la Constitución de 1978. Un hombre que ha pasado por casi todas las corrientes de pensamiento: del comunismo al liberalismo, e incluso el transhumanismo. Os lo conté aquí.
De aquello saqué algo que me cambió la forma de ver el debate de la vivienda: no todos los derechos de la Constitución son iguales.
Los derechos fundamentales, como la vida, la libertad o la educación, tienen la máxima protección y se pueden reclamar ante un juez. El derecho a una vivienda digna, en cambio, está en el artículo 47, entre los principios rectores. Es un mandato a los poderes públicos para que lo promuevan, pero no algo que puedas exigir en un juzgado.
Y hay una idea de aquel artículo que me sigue pareciendo clave: un derecho es algo que alguien puede reclamar y que otro tiene la obligación de proporcionar.
Esto conecta con una distinción que, como escribía entonces, me parece imprescindible para entender el mundo: los derechos negativos y los positivos.
Un derecho negativo consiste en que nadie te impida hacer algo: hablar, moverte, trabajar, comprar una casa. Solo exige que los demás no interfieran.
Un derecho positivo consiste en que alguien te proporcione algo: una plaza en un colegio, una consulta médica, una vivienda. Y ese exige que otra persona trabaje, construya o pague para que exista.
Los dos tienen sentido en una sociedad, y casi todas combinamos ambos. Pero detrás de cada derecho positivo siempre hay alguien que tiene que producir lo que se reparte.
Así que la pregunta de fondo no es solo si tenemos derecho a una casa. Es quién la va a construir.
Repartir lo que hay o crear lo que no hay
Entiendo muy bien la tentación de repartir. Si hay casas sin gente y gente sin casa, juntarlas parece de sentido común. Y cuando alguien lo está pasando mal, ayudarle es lo correcto.
Pero hay un ejercicio mental que me ayuda a ver el cuadro completo.
Imaginad que hace 200 años hubiéramos decidido repartir a partes iguales lo que había y quedarnos ahí. ¿Qué tendríamos hoy? Casas sin agua corriente, sin luz y sin calefacción. Medicina sin antibióticos ni vacunas. Una riqueza por persona que desde entonces se ha multiplicado más de diez veces.
Repartir ayuda en el presente. Pero lo que ha cambiado de verdad la vida de la humanidad no ha sido repartir mejor el pastel. Ha sido hacerlo crecer.
Y lo que hace crecer el pastel son los incentivos. Que quien ahorra, planifica, arriesga e inventa pueda ver el fruto de su esfuerzo. No es una idea de izquierdas ni de derechas. Es algo profundamente humano: nadie siembra si no espera recoger.
Por eso, más que preguntarnos cómo repartir lo que hay, creo que la pregunta útil es otra: ¿qué reglas animan a crear más? Más casas, más empresas, más oportunidades para quien quiere esforzarse. Y cómo ayudamos a quien lo necesita sin hipotecar el futuro.
Lo que nos hace humanos
Hace un tiempo os escribía que lo que nos diferencia del resto de animales es que somos capaces de no vivir siempre en el presente. Podemos planificar.
Un león caza cuando tiene hambre. Un humano guarda comida para varios días y usa ese tiempo libre para inventar algo nuevo. Ese tiempo dedicado a planes se lo hemos robado a la subsistencia. Y de ahí ha salido todo: la agricultura, la medicina, las ciudades.
Para planificar hace falta ahorrar. Por eso también os decía que capitalismo no es consumismo. Capitalismo es capital. Y capital es ahorro: lo que renunciamos a consumir hoy para construir algo mañana.
Una casa es exactamente eso. No es un producto que se compra. Es el resultado de un plan de muchos años.
Y aquí viene algo que me preocupa de verdad. Cuando un sistema castiga el ahorro, con inflación que se come lo que guardaste o con reglas que cambian cada pocos meses, no solo te hace más pobre. Te impide planificar. Y si no puedes planificar, te está quitando justo lo que te hace humano.
Y aquí conecto con algo que me apasiona: el progreso no se ha acabado. Probablemente acaba de empezar.
La inteligencia artificial y la robótica pueden abaratar de forma brutal muchas cosas que hoy nos parecen escasas: el conocimiento, la medicina, la energía y quizá también construir casas. Cada vez más gente habla de un mundo de abundancia.
Y en longevidad lo veo cada día. Hoy ya es posible envejecer menos de un año por cada año vivido sin gastar millones. La inmortalidad, que hace poco era ciencia ficción, empieza a ser una conversación seria. En el desierto de Burning Man escribí que, de momento, la inmortalidad está en la especie. Quizá pronto deje de ser solo eso.
Pero todo eso tiene una condición: que sigamos permitiendo que la gente planifique, arriesgue e invente. La abundancia no se reparte. Se crea.
Cuidado con la trampa del buen corazón
Ahora bien, no quiero que mi hija crea que basta con esforzarse. No basta.
Hay un patrón que veo mucho y que llamo el síndrome de la ONG. Personas brillantes, generosas y trabajadoras que eligen el camino más emocional para hacer el bien, se entregan al cien por cien y llegan a los cuarenta habiendo dado muchísimo a los demás, pero sin colchón, sin patrimonio y, muchas veces, quemadas.
No les faltó esfuerzo. Les faltó estrategia.
Hay correlación entre esfuerzo y resultados. Pero depende mucho de dónde pongas ese esfuerzo. Remar fuerte en la dirección equivocada solo te aleja más rápido.
La gran oportunidad: destacar y luego ayudar
Y aquí viene la parte más optimista de todas.
Si mucha gente ha dejado de esforzarse, o espera a que alguien le resuelva la vida, destacar nunca había sido tan fácil.
No hace falta ser un genio. Basta con ser constante, aprender de los mejores, ahorrar y tener un plan. Eso ya os pone por delante de la mayoría.
Y lo mejor viene después. Quien destaca puede crear empresas, dar empleo, financiar las causas que más impacto tienen. Puede ser mucho más altruista que quien se quedó esperando. Como en Burning Man: solo puede regalar quien ha llegado preparado.
Esforzarse no es egoísta. Es el primer paso para poder ayudar de verdad.
Lo que le diré a mi hija
Así que, cuando me pregunte por la vivienda, esto es lo que le diré:
1. No esperes que nadie te dé una casa. Ni un decreto, ni un partido, ni un sindicato. Pueden ayudar o pueden estorbar, pero el plan es tuyo. Puede que la IA y la robótica creen un mundo de abundancia donde la vivienda deje de ser un problema. Ojalá. Pero no lo des por sentado.
2. Empieza a ahorrar antes de necesitarlo. El tiempo es tu mayor aliado. Lo que guardes a los veinte vale mucho más que lo que guardes a los cuarenta.
3. Aprende cómo funciona el dinero. Cómo se genera, cómo se invierte, cómo se protege de la inflación. No te lo van a enseñar en clase.
4. No envidies al que lo ha conseguido. Pregúntale cómo. Casi todo el que ha llegado lejos está deseando contarlo.
5. Sé estratega, no solo trabajadora. Dónde vives, en qué trabajas, qué aprendes. La vida tiene mil caminos, y no todos pasan por el centro de Madrid.
6. No hay atajos. Desconfía de quien te prometa una casa, un sueldo o una vida sin esfuerzo.
7. Crea valor para otros. La mejor forma de prosperar es resolver problemas de los demás. Y cuando te sobre, da. Donde más impacto tenga.
8. Y cuida tu salud como tu primer patrimonio. Es lo único que no se puede heredar, comprar ni recuperar del todo cuando se pierde.
9. Prepárate para los dos futuros. Es posible que estemos viviendo el inicio de la singularidad: un salto tecnológico hacia un mundo de abundancia de inteligencia, de salud y de recursos. Si llega, tienes que estar preparada para aprovecharlo y, sobre todo, para saber disfrutarlo. Pero esas mismas tecnologías también traen riesgos serios, incluso para la propia civilización. Así que prepárate para los dos escenarios: aprende a usar las herramientas nuevas, cuida tu salud y a los tuyos, ten un colchón y no lo apuestes todo a una sola carta.
Y le diré una última cosa:
"Hija, vives en el mejor momento de la historia. Y en una sociedad que se queja mucho.
No te voy a decir que quejarse esté mal. Protestar ha cambiado leyes que hoy nos parecen evidentes. Las mujeres votan en España desde 1933 porque hubo quien lo exigió durante años. El matrimonio entre personas del mismo sexo es legal desde 2005 porque mucha gente salió a la calle. La queja capta atención, y la atención cambia leyes. Lo vimos con Maricarmen.
Pero hay una diferencia muy grande entre protestar para que las reglas sean justas y quejarse para que otros jueguen por ti. La primera abre puertas. La segunda te deja esperando en la puerta.
Así que protesta cuando algo sea injusto. Pero no esperes a que la protesta te resuelva la vida. Mientras muchos esperan, tú puedes estar construyendo. Y eso, para ti, es una gran oportunidad."
¿Y qué tiene que ver todo esto con la longevidad?
Todo.
En aquel artículo sobre el ahorro os hablaba de un "capitalismo corporal": vuestro cuerpo también acumula capital. Cada noche que dormís bien, cada sesión de fuerza, cada comida con sentido es ahorro. Cada exceso es consumo a crédito.
Y la longevidad es el plan más largo que existe.
La ciencia avanza más rápido que nunca. Es posible que en las próximas décadas veamos tratamientos que hoy parecen ciencia ficción. Pero solo los aprovecharán quienes lleguen a ese momento en buen estado.
No sé si llegaremos a ser inmortales. Pero sé que la única forma de tener esa opción es planificarla desde hoy.
Esforzarse, planificar, ahorrar y aprender de los demás. Es lo que nos hizo humanos. Y quizá sea también lo que nos haga vivir mucho más.
Un abrazo,
Gonzalo