lunes, 12 de octubre de 2026
Papá, izquierda o derecha significa algo en Longevidad?
Cuarto capítulo de la serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa, Cómo voto yo en las elecciones pensando en longevidad y Lo que le diré a mi hija sobre vivienda, esfuerzo, victimismo y longevidad.
Lo siento hija. Esta pregunta merece contexto y una buena chapa.
Empiezo.
En Burning Man pasé una semana en una ciudad sin dinero.
No había tiendas. Nadie cobraba nada. La gente regalaba comida, agua, música y arte. Y, a la vez, nadie te debía nada: cada uno llevaba su agua, su comida y su plan.
Durante unos días tuve la sensación de vivir en una utopía. Libre y generosa a la vez.
Y al volver me hice una pregunta que todavía me ronda: ¿por qué algo así funciona una semana en el desierto y nunca ha funcionado en un país entero?
Esa pregunta es, en el fondo, la gran discusión de los últimos doscientos años. Y con unas elecciones el 29 de noviembre, creo que merece la pena pararse a pensarla.
Dos grandes ideas
Simplificando mucho, hay dos formas de mirar la sociedad.
La primera pone en el centro la libertad individual. Cada persona decide su vida, su trabajo, qué hace con su dinero. El Estado debe interferir lo mínimo. Es la tradición liberal, de Locke a Hayek. Su argumento más fuerte: nadie sabe mejor que tú qué necesitas, y cuando millones de personas deciden libremente, surge más prosperidad que la que cualquier planificador podría diseñar.
La segunda pone en el centro la igualdad. La riqueza debe repartirse para que todos tengan más o menos lo mismo. Es la tradición socialista y, en su versión más radical, comunista: "de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad". Su argumento más fuerte: nadie elige dónde nace, y una libertad que solo pueden disfrutar los que nacieron con recursos no es libertad para todos.
Las dos ideas son muy potentes. Y defender una u otra depende, en el fondo, de una pregunta que no es económica, sino filosófica: ¿qué es lo más importante en una sociedad?
¿Qué es el bien?
Es una de las preguntas más antiguas de la filosofía. ¿Qué es el bien? ¿Qué debe guiarnos? ¿Qué merece la pena defender?
Y cada respuesta lleva a una forma distinta de organizar el mundo.
Si creéis que lo más valioso es que cada persona sea dueña de su vida, defenderéis la libertad individual, aunque eso traiga desigualdad. El filósofo Robert Nozick lo llevó al extremo: si lo que tienes lo has conseguido de forma justa, quitártelo para dárselo a otro, aunque sea con buena intención, es tratarte como un medio y no como un fin.
Si creéis que lo más valioso es que nadie se quede atrás, defenderéis la igualdad, aunque para conseguirla haya que imponerla y limitar la libertad de algunos. Para esta visión, una desigualdad muy grande es una injusticia en sí misma, la haya provocado quien la haya provocado.
Y entre medias hay muchas posturas. Los utilitaristas, por ejemplo, dirían que el bien es lo que produce más bienestar para más personas, y que la libertad y la igualdad son solo herramientas para conseguirlo.
¿Quién tiene razón? La respuesta honesta es que a unas personas les parece más defendible, o más apetecible, una idea, y a otras, la contraria. Depende de lo que cada uno valore más. Y eso no se puede demostrar con una ecuación.
Yo, personalmente, me inclino por defender la libertad individual frente a una igualdad impuesta. Y no por una cuestión de bandos, sino por lo que creo que nos hace humanos.
Como os contaba en este artículo, el cerebro humano tiene algo único: la capacidad de no vivir siempre en el presente. Podemos imaginar el futuro, hacer planes y renunciar a algo hoy para construir algo mejor mañana. Ningún otro animal lo hace así.
Toda nuestra inteligencia, nuestra ciencia y nuestro progreso salen de ahí. De millones de cerebros planificando, probando, equivocándose y volviendo a intentarlo.
Y para planificar hace falta libertad. Libertad para decidir qué hacer con tu tiempo, tu esfuerzo y lo que ahorras. Si alguien decide por ti qué tienes que tener y qué no, no solo te limita. Te quita la herramienta que nos ha traído hasta aquí.
Una igualdad impuesta puede repartir mejor lo que ya existe. Pero apaga, poco a poco, la capacidad de cada persona de imaginar y construir lo que todavía no existe.
Pero entiendo a quien piensa lo contrario, y creo que conviene escuchar sus mejores argumentos, no los peores.
Y el mejor argumento del otro lado es potente. Hay quien opina que de una planificación centralizada y de un buen reparto también nace el progreso. Que cuando el Estado concentra recursos en un gran objetivo, puede llegar donde nadie llegaría solo.
Y tiene ejemplos. Internet nació de ARPANET, un proyecto financiado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos. El GPS, también. La Unión Soviética, una economía totalmente planificada, puso en órbita el primer satélite y al primer ser humano en el espacio. Y buena parte de la ciencia básica que hay detrás de los fármacos que hoy nos alargan la vida se ha pagado con dinero público.
Incluso hay un argumento que conecta con mi propia idea: si una sociedad garantiza a todos lo básico, comida, sanidad, educación, libera a muchas más personas de la subsistencia. Y más cerebros libres para planificar podrían significar más progreso para todos.
Yo creo que la historia muestra que, a largo plazo, millones de personas libres planificando innovan más que unos pocos planificando por todos. Pero no es una pregunta tonta. Y quien la plantea de buena fe merece ser escuchado.
¿Quién decide por quién?
Detrás de todo este debate hay una limitación que casi nunca se menciona: quién decide, por quién, y cómo coordinamos un gobierno que decide de forma conjunta pero afecta a cada individuo.
Y esa limitación tiene una raíz muy concreta. Los seres humanos somos individuales por naturaleza. Cada uno vive encerrado en su propia cabeza.
Pensad en lo que cuesta pasar a otra persona lo que tenéis en la mente. Solo podemos hacerlo hablando o escribiendo. Y es lentísimo. Un estudio comparó 17 idiomas y encontró que, hablemos el que hablemos, transmitimos unos 39 bits de información por segundo. Investigadores de Caltech calculan que nuestro comportamiento consciente funciona a unos 10 bits por segundo, mientras nuestros sentidos reciben miles de millones.
No nos daría la vida para transmitir todo lo que sabemos. Además, ni siquiera lo tenemos perfectamente memorizado. Tendríamos que resumirlo, cometeríamos errores y se perdería casi todo por el camino.
Por eso necesitamos representantes, parlamentos, leyes, formularios y burocracia. Son la forma imperfecta que hemos encontrado de coordinar millones de cabezas que no pueden conectarse directamente. Y por eso cualquier ente que decide por muchos, por bien intencionado que sea, decide siempre con una información muy incompleta.
Y hay una limitación todavía más profunda. Muchos de nuestros conflictos, en una pareja, en una empresa o en un país, no vienen de que no entendamos a los demás. Vienen de que ni siquiera nos entendemos a nosotros mismos.
Hace años escribí sobre lo que llamé la teoría de la empatía con nuestro "yo" en diferente estado hormonal. La idea es sencilla: cuando tomamos una decisión, lo hacemos descansados, entusiasmados o tranquilos. Pero quien tiene que cumplirla es nuestro "yo" del futuro, que quizá estará cansado, estresado o con sueño. Y a menudo ese "yo" se enfada con el que decidió.
Si nos cuesta tanto empatizar con nosotros mismos en otro estado hormonal, imaginad lo que cuesta con otra persona, que ya de por sí es distinta. Y en ese artículo me hacía una pregunta que sigo sin poder responder: ¿se parecen más dos personas descansadas y serenas con valores diferentes, o dos personas con los mismos valores pero en estados hormonales opuestos?
Es otra cara de la misma limitación. No solo transmitimos la información despacio. Ni siquiera tenemos un acceso completo a la nuestra. Y así es muy difícil que un ente superior, por bien que lo haga, nos entienda a todos.
Quedaos con esta idea, porque en el próximo capítulo le daremos la vuelta.
¿Qué pasaría si esa limitación desapareciera? ¿Si un día pudiéramos pasar lo que hay en nuestra mente a otra persona no a 39 bits por segundo, sino a una velocidad miles de veces mayor? ¿Qué quedaría de los parlamentos, de las leyes, de la burocracia… y de nosotros mismos como individuos?
Puede que no sea tan lejano como parece. Y puede que la respuesta no os deje indiferentes.
Os lo contaré, junto con lo que creo que pasará con estas limitaciones, en el próximo capítulo: Vectores de la inteligencia.
Ahora bien, hay que hacer un matiz importante. Planificar no es patrimonio de nadie. También hay quien planifica, con toda su buena fe, que todo el mundo viva bien. Que nadie pase hambre, que todos tengan casa, que la riqueza llegue a todos.
El problema no está en el objetivo. Está en el método. Cuando planificas tu vida, decides sobre ti. Cuando planificas la vida de los demás, decides sobre ellos. Y en el momento en que tu plan se convierte en una obligación para otros, entras de lleno en el terreno de su libertad individual.
Ahí aparece la pregunta filosófica de fondo, la que lleva siglos sin resolverse: ¿debe cada uno mirar por sí mismo y decidir su camino? ¿O debe existir un ente superior, por encima de los individuos, que nos guíe y decida por todos?
En el siglo XVII, Hobbes defendía en el Leviatán que, sin un poder fuerte por encima de nosotros, la vida humana sería "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". Poco después, Locke le respondía que ese poder solo es legítimo si protege la vida, la libertad y la propiedad de cada persona. En el fondo, seguimos atrapados en esa discusión.
Adrián Díaz lo plantea muy bien cuando habla de autoritarismo y democracia: en los dos sistemas hay un ente que decide sobre nosotros. Uno regula más y otro menos. A uno lo elegimos y al otro no. Pero en ambos hay alguien por encima del individuo.
Yuval Noah Harari le da otra vuelta muy interesante en Nexus. Para él, las sociedades humanas se sostienen sobre redes de información: relatos compartidos, documentos y burocracias. Y la gran diferencia entre una democracia y un régimen totalitario está en cómo circula esa información. En la democracia está repartida entre muchos centros y tiene mecanismos para corregir sus errores. En el totalitarismo se concentra en un solo punto, que decide por todos.
Es lo mismo que decía Hayek: el conocimiento está repartido entre millones de cerebros. Cuanto más se concentra la decisión, más información se pierde por el camino.
El antropólogo James C. Scott lo documentó en Seeing Like a State con ejemplos muy concretos: ciudades enteras trazadas con escuadra desde un despacho, colectivizaciones agrícolas, aldeas reorganizadas por decreto. Grandes planes diseñados con las mejores intenciones que fracasaron porque ignoraban lo que sabía la gente que vivía allí.
Mi conclusión es que necesitamos algo de ese ente superior. Sin reglas comunes, sin justicia y sin seguridad no hay libertad que valga. Pero cuanto más decide por nosotros, menos espacio queda para lo que nos hace humanos: planificar nuestra propia vida.
Daron Acemoglu y James Robinson, premios Nobel de Economía en 2024, lo llaman el pasillo estrecho. Las sociedades libres y prósperas son las que consiguen un Estado lo bastante fuerte para proteger a las personas, y una sociedad lo bastante fuerte para que ese Estado no las aplaste. Ni un Leviatán ausente, ni un Leviatán que lo decida todo.
Lo que sí se puede medir
Ahora bien, hay una parte del debate que no es cuestión de gustos.
Existe una ciencia que estudia de forma empírica cómo usamos los recursos escasos, cómo respondemos a los incentivos y qué pasa cuando cambian las reglas del juego: la economía.
La economía no te dice qué debes valorar. Pero sí te dice cuánto cuesta cada elección. Qué pasa con la oferta de vivienda si se limitan los precios. Qué pasa con la inversión si las reglas cambian a mitad de partido. Qué pasa con el esfuerzo si da igual esforzarse.
La filosofía te ayuda a elegir el destino. La economía te dice qué caminos llevan de verdad hasta allí y cuáles te alejan.
Y aquí es donde mucha gente se equivoca: elige un valor precioso y luego defiende medidas que, según los datos, consiguen justo lo contrario de lo que buscaba.
¿Quién planifica?
Aquí viene lo que más me interesa, porque conecta con el capítulo anterior.
Os decía que lo que nos hace humanos es la capacidad de planificar. Pues la gran diferencia entre esas dos visiones no es si se planifica o no. Es quién planifica.
En una, planifica cada persona su propia vida. En la otra, planifica el Estado por todos.
Hayek lo explicó en un ensayo famoso, El uso del conocimiento en la sociedad: el conocimiento necesario para decidir bien está repartido entre millones de personas. Lo que tú sabes de tu barrio, de tu trabajo, de tu familia. Ningún ministerio puede reunirlo todo. Por eso los planes centrales fallan tanto.
La vivienda, de la que hablábamos en el capítulo anterior, es un ejemplo perfecto. Cuando se planifica desde arriba quién puede alquilar, a qué precio y durante cuánto tiempo, lo que suele pasar es que la oferta se encoge. En Estocolmo, con contratos indefinidos y rentas controladas, la espera media en la cola oficial para conseguir un alquiler es de más de nueve años. El plan era que todos tuvieran casa. El resultado es que la tiene quien llegó antes.
Pero hay que ser justo con el otro lado. Rawls propuso un experimento mental muy potente: el velo de la ignorancia. Imagina que tienes que diseñar las reglas de la sociedad sin saber si nacerás rico o pobre, sano o enfermo. ¿Qué reglas elegirías? Probablemente unas en las que haya libertad, pero también una red para el que tenga mala suerte.
Y el filósofo Isaiah Berlin distinguió dos tipos de libertad: la negativa, que nadie te impida hacer cosas, y la positiva, tener capacidad real de hacerlas. Un liberal pone el acento en la primera. Un socialista, en la segunda.
Izquierda y derecha no lo explican todo
Solemos pensar que el mercado es de derechas y la planificación es de izquierdas. Pero no es tan sencillo.
En realidad hay al menos dos ejes distintos que mezclamos todo el rato:
- El modelo económico: cuánto deciden las personas y las empresas, y cuánto decide el Estado. Más mercado o más planificación.
- El sistema político: cómo se reparte y se ejerce el poder. Democracia liberal, con elecciones, alternancia y libertades, o autoritarismo, donde el poder no se somete a votación.
Hay incluso un gráfico clásico, el diagrama de Nolan, que separa la libertad económica de la libertad personal precisamente porque una sola línea de izquierda a derecha se queda corta.
Quien mejor me lo ha hecho ver es Adrián Díaz, que vive en China desde hace años y es autor de 21 claves para entender China en el siglo XXI. En uno de sus vídeos defiende una tesis que rompe muchos esquemas.
Según Adrián, China no es socialista en lo económico. Allí casi todo lo paga quien lo usa, se socializan muy pocos costes y la cultura del mérito es extrema. Mientras tanto, Estados Unidos, que pasa por ser el templo del libre mercado, interviene cada vez más: aranceles, proteccionismo, grandes planes de inversión dirigidos desde la Casa Blanca y presión directa sobre las empresas.
Entonces, ¿por qué China ha crecido tanto? Su respuesta es que no ha sido por el socialismo, sino por lo que le da su sistema político: previsibilidad. Seguridad jurídica y expectativas. Sabes hacia dónde va a seguir China dentro de cuatro años. Con Estados Unidos, o con cualquier democracia, depende de las próximas elecciones.
Esto conecta directamente con lo que veíamos en la vivienda: los planes largos necesitan reglas estables. Da igual que planifique una persona, una empresa o un Estado. Sin previsibilidad, nadie construye.
No comparto todas las conclusiones de Adrián, y yo no cambiaría libertad por estabilidad. La gran ventaja de la democracia es que permite corregir errores y cambiar a quien gobierna sin violencia, y eso no tiene precio. Pero su reflexión me parece muy valiosa por dos motivos.
El primero: nos obliga a dejar de pensar en bandos. A quien admira a China por "socialista" o a quien defiende a Estados Unidos por "liberal", los datos les pueden dar más de una sorpresa.
El segundo: nos recuerda que la libertad necesita algo más que leyes. Necesita reglas que no cambien a mitad de partido. Ese es el gran reto de las democracias: ofrecer estabilidad sin renunciar a la libertad.
Hay otra idea de Adrián que me ha hecho pensar mucho. Según él, la democracia no nos gustaba tanto por el procedimiento, por el hecho de votar, como por sus resultados. Y durante décadas, sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial, esos resultados fueron espectaculares: las democracias occidentales lideraron en desarrollo económico, tecnología, medicina, nivel de vida y seguridad.
Pero algo está cambiando. Occidente vive cierta sensación de decadencia, en parte por esa falta de previsibilidad. Y en Asia, sociedades con más autoritarismo, como China o Singapur, empiezan a ofrecer resultados que a mucha gente le parecen envidiables.
¿Significa eso que el autoritarismo es más deseable? No necesariamente. Puede que solo estemos en otro giro de un ciclo más largo. La historia está llena de sistemas que parecían invencibles y dejaron de serlo. Y en plena revolución tecnológica, es probable que veamos aparecer formas de organización que hoy ni imaginamos.
Ray Dalio lo explica muy bien en Principios para enfrentarse al nuevo orden mundial: muchos de los grandes cambios que nos parecen inéditos han ocurrido otras veces, solo que no en nuestras vidas. Para entenderlos hay que mirar siglos atrás, no décadas.
Y eso da que pensar. Quizá muchas cosas que damos por hechas lo son solo porque no hemos vivido otra cosa. Nos cuesta imaginar cómo era vivir en otras sociedades y otras épocas, y si eran deseables o no.
Aunque, con todos los datos en la mano, sigue pareciendo que vivimos en la mejor época de la historia. Y conviene no olvidar que buena parte de ella se construyó en libertad.
El mundo en el que vivimos de verdad
Aquí está lo interesante: no vivimos en ninguno de los dos extremos.
En España, y en casi todo Occidente, tenemos una mezcla. Hay cierta igualdad de oportunidades: educación pública, sanidad universal, becas. No partimos todos de cero, pero partimos más cerca que en casi cualquier otro momento de la historia.
Y hay bastante libertad de decisión: puedes elegir qué estudiar, dónde vivir, crear una empresa, ahorrar o gastar.
Ni es un paraíso liberal ni es un sistema igualitario. Es un terreno de juego con unas reglas concretas, que además cambian cada cuatro años según quién gane.
Para mí, la mejor síntesis entre las dos ideas es esta: lo que deberíamos pedir no es que nos regalen cosas, sino que no nos quiten más de lo necesario, y que nuestros impuestos sirvan para dar oportunidades a quien quiere esforzarse.
Libertad para decidir. Igualdad para empezar. Y el resultado, que dependa de cada uno.
No seáis hooligans de una ideología
Mucha gente vive estas ideas como un equipo de fútbol. Se pasa la vida defendiendo el suyo y odiando al rival. Y mientras discute en redes, no hace nada con su vida.
Yo os propongo otra cosa: usar las ideologías como herramientas para entender el mundo, no como identidades.
Un estratega no pierde energía deseando que las reglas sean otras. Lee bien las reglas que hay y juega lo mejor posible con ellas.
Cómo ser estratega en un mundo mixto
1. Aprovechad lo que el sistema os da. La educación pública, la sanidad, la formación gratuita, las becas y las ayudas. Están ahí y las pagáis con vuestros impuestos. Usadlas sin complejos. Es la parte de igualdad de oportunidades que sí funciona.
2. Construid lo que el sistema no llega a daros. Ahorro, prevención en salud, una red de personas de confianza, conocimientos útiles. Como os contaba en el : autosuficiencia radical. En el desierto, cada uno lleva su agua.
3. Expectativas bajas en lo que no controláis. Quién gana las elecciones, qué ley se aprueba, cuánto sube la inflación, qué decide el ente que está por encima de vosotros.
4. Esfuerzo máximo en lo que sí controláis. Vuestras decisiones, vuestros hábitos, vuestra salud, vuestro plan. Es lo único que nadie puede votar por vosotros.
5. Diversificad vuestra dependencia. Si toda vuestra vida depende de una sola cosa (un empleador, un Gobierno, un país, un tipo de interés), sois frágiles. Cuantas más patas tenga la mesa, más estable. Varias fuentes de ingresos, varios tipos de activos, varias opciones de dónde vivir y trabajar.
6. Construid patrimonio que no dependa de un solo lugar. Aquí entran los principios de lo que llevo años llamando economía pseudónima:
- El patrimonio más valioso es el que llevas contigo. Conocimiento, habilidades, reputación y relaciones. Nadie sabe que lo llevas cuando cruzas una frontera, ninguna crisis te lo puede expropiar y se puede convertir en dinero cuando lo necesitas.
- Que te valoren por lo que aportas, no por quién eres. En la economía digital puedes trabajar con un pseudónimo, con reputación verificable, sin que nadie te juzgue por tu edad, tu sexo, tu origen o tu ideología. Solo por tus resultados.
- Valor que no depende de tu tiempo. Inteligencia artificial, protocolos, comunidades y activos digitales permiten crear valor que no exige que estés trabajando cada hora.
- Resiliencia frente a lo que no controlas. Guerras, crisis, corrupción o leyes que cambian de un año a otro. Como os contaba en este artículo, la persona que puede llegar a ser la más rica del mundo, Satoshi Nakamoto, es un pseudónimo. Es la prueba de que se puede crear un patrimonio enorme sin depender de un país, un título o un empleador.
Siempre dentro de la ley, por supuesto. No se trata de esconderse, sino de no depender de una sola estructura que puede cambiar las reglas a mitad de partido.
7. Altruismo eficaz sin esperar nada a cambio. Sin esperar nada a cambio. Y donde más impacto tenga, no donde más ruido se haga.
8. Ser optimistas y focalizados en ver la sociedad post-singularidad. Es posible que la veamos. Os lo cuento en el siguiente artículo: Vectores de la inteligencia
El patrimonio sobre el que más control tenéis
Me gustaría deciros que la salud es un patrimonio que nadie os puede quitar. Pero no sería verdad.
Un Gobierno puede fastidiar vuestra salud de mil maneras. Con un sistema sanitario que no funciona, con listas de espera eternas, con decisiones que os impiden acceder a un tratamiento o con un régimen autoritario que decide qué podéis comer, dónde podéis ir o qué podéis saber.
Y tampoco partimos todos iguales. Hay genes mejor adaptados que otros al entorno. Hay quien nace con más predisposición a enfermar y quien tiene la suerte de lo contrario. Es una lotería que nadie eligió.
Pero aquí viene lo interesante: esa lotería pesa menos de lo que creemos. Un gran estudio con datos de más de 400 millones de personas estimó que la parte de nuestra longevidad que se explica por los genes es probablemente inferior al 10%. La mayor parte depende del entorno y de lo que hacemos cada día.
Los genes reparten las cartas. Pero las jugamos nosotros.
Por eso creo que la salud es el patrimonio sobre el que más control tenéis. No el único que importa, ni uno que nadie pueda tocar. Pero sí el que más depende de vuestras decisiones: de cómo dormís, de si entrenáis fuerza, de qué coméis, de cómo gestionáis el estrés y de con quién os rodeáis.
Y hay algo más. Las desigualdades genéticas que hoy son una lotería quizá dejen de serlo. La medicina, la edición genética y las terapias de longevidad pueden llegar a corregir lo que la naturaleza repartió mal. Pero de eso os hablaré en el próximo capítulo.
Volviendo al desierto
Ya sé por qué Burning Man funciona una semana.
Funciona porque cada persona llega preparada. Autosuficiente. Y precisamente por eso puede permitirse regalar sin esperar nada a cambio.
No es una utopía impuesta desde arriba. Es la suma de miles de personas que han hecho su parte antes de llegar.
Quizá esa sea la lección para cualquier sistema político: ninguna sociedad será más libre ni más justa que las personas que la forman.
Así que, gane quien gane el 29 de noviembre, el plan sigue siendo el mismo:
- Firmad vuestro propio decreto.
- Bajad las expectativas en lo que no depende de vosotros.
- Planificad como lo que sois: humanos.
- Cuidad el patrimonio que más depende de vosotros: vuestra salud.
- Sed optimistas. Un mundo de (Aún más) abundancia puede estar cerca. Y es probablemente inevitable gobierne quien gobierne. El transhumanismo se impone a conservadurismo de izquierdas, derechas, democracias y autoritarismo. No es ir en contra del Humanismo. Es el humanismo en sí. El Humanismo tradicional está en contra del humano.
Un abrazo,
Gonzalo