martes, 13 de octubre de 2026
Somos Vectores de la Inteligencia
Quinto capítulo de la serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa, Este es mi voto en las elecciones pensando en longevidad, Guía para mi hija en vivienda, victimismo, esfuerzo y longevidad y Papá, ¿izquierda o derecha significa algo en longevidad?.
Hoy os voy a contar mi teoría de los vectores de la inteligencia.
Es mi marco de pensamiento base. La forma en que entiendo el mundo y desde la que tomo mis decisiones. Es la idea que hay debajo de todo lo que he escrito estos días. Del decreto, de la autosuficiencia, de la planificación, de la libertad. Y también de por qué me dedico a la longevidad.
Es una teoría que voy evolucionando desde hace 30 años, toda la vida. No tengo forma de demostrarla, pero es la que mejor explica, para mí, lo que estamos viviendo.
Una aclaración antes de empezar, porque es fácil malinterpretarla. Es una teoría sobre cómo creo que funciona el mundo, no un mandamiento. No os voy a decir que haya que maximizar la inteligencia ni sacrificar nada por ella. Os voy a contar hacia dónde creo que vamos, queramos o no. Y, al final, lo que yo quiero hacer con eso. No es lo que quiero que pase. Es lo que creo que va a pasar. Y lo que quiero es estar aquí para verlo.
Y hay otra razón para escribirla. Todo lo que os he contado en esta serie es, en el fondo, lo que quiero dejarle a mi hija como legado de pensamiento. Ponerlo por escrito me obliga a ordenar las ideas y a explicarlas mejor. Algún día lo leerá. Y vosotros sois los primeros en leerlo.
Ahí va: los humanos somos vectores de la inteligencia.
La inteligencia nos usa
Normalmente pensamos que la inteligencia es algo que tenemos. Una propiedad nuestra, como la altura o el color de ojos.
Yo lo veo al revés. Creo que la inteligencia es algo que está por encima de cada uno de nosotros. Una especie de entidad que va más allá de la inteligencia de cada individuo, y que nos utiliza como soporte para expandirse.
En cierto modo, estamos secuestrados.
No es una idea tan rara como parece. En 1976, Richard Dawkins publicó El gen egoísta, donde explicaba que los seres vivos somos "vehículos" que los genes usan para copiarse a sí mismos. No somos los protagonistas de la evolución. Somos el medio.
En ese mismo libro inventó la palabra "meme": ideas que saltan de cerebro en cerebro y se reproducen a través de nosotros, igual que los genes.
Mi intuición es que la inteligencia es el siguiente nivel. Usó los genes para crear cerebros. Usa los cerebros para crear ideas. Y ahora usa las ideas para crear máquinas autorreplicantes y un sustrato digital para la inteligencia.
Los dos objetivos de la inteligencia
Si la inteligencia tuviera objetivos, yo diría que son dos: expandir su conocimiento y perpetuarse.
Hablo de "objetivos" como metáfora, igual que Dawkins habla de genes "egoístas". Los genes no quieren nada, pero se comportan como si quisieran copiarse. Con la inteligencia me pasa lo mismo. Y todo lo demás, para ella, es secundario. Incluidos, probablemente, nosotros.
Por eso no puede parar. Por eso planifica. Por eso, como os contaba en este artículo, somos la única especie que no vive solo en el presente. Imaginamos, ahorramos, construimos. Siempre hacia delante.
Visto así, todo encaja. La ciencia, la medicina, la búsqueda de la inmortalidad, la inteligencia artificial, querer hacer más cosas y vivir más tiempo. No son caprichos de una época. Son lo que la inteligencia hace por naturaleza: expandirse y no morir. No lo digo como algo que haya que perseguir. Lo digo como algo que observo.
Kevin Kelly, uno de los fundadores de la revista Wired, defiende algo parecido en What Technology Wants: la tecnología se comporta casi como un organismo vivo, con sus propias tendencias, que avanza a través de nosotros.
Y el jesuita y paleontólogo Teilhard de Chardin ya hablaba en el siglo pasado de la noosfera: una capa de pensamiento que envuelve la Tierra y que crece hasta un punto final, al que llamó punto Omega.
El sustrato está cambiando
Durante millones de años, el soporte de la inteligencia ha sido biológico. Neuronas. Carne. Cuerpos frágiles que necesitan comer, dormir y que envejecen.
Pero ese sustrato está cambiando delante de nuestros ojos. La inteligencia ya está saltando a lo digital. A chips que funcionan con electricidad, que no se cansan, que no envejecen y que se pueden copiar.
Max Tegmark, físico del MIT, lo explica muy bien en Vida 3.0. La vida 1.0 es la biológica: un bicho que nace y muere con lo que le dieron sus genes. La vida 2.0 somos nosotros: no podemos cambiar nuestro cuerpo, pero sí nuestro "software", lo que aprendemos. La vida 3.0 será la que pueda rediseñar también su "hardware".
Y esto conecta con algo que me parece fascinante: somos la única especie capaz de autoevolucionar. No tenemos que esperar a que la evolución haga cambios al azar durante miles de años. Podemos decidir mejorarnos. Con medicina, con tecnología, con conocimiento.
Nietzsche lo intuyó en 1883, en Así habló Zaratustra: "El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre". Una cuerda. Un puente. Algo que está de paso.
Cuando dejemos de ser individuos
En el capítulo anterior os hablaba de una limitación que lo condiciona todo: somos individuos. Cada uno encerrado en su cabeza, comunicándonos a unos 39 bits por segundo, hablando o escribiendo. Por eso necesitamos parlamentos, leyes y burocracia para coordinarnos.
Pero esa limitación puede estar a punto de romperse.
Las interfaces cerebro-ordenador ya no son ciencia ficción. Neuralink implantó su primer dispositivo en un paciente en 2024, y hay personas con parálisis que ya mueven un cursor o escriben solo con el pensamiento. Hoy es una ayuda médica. Mañana puede ser otra cosa.
No es una idea nueva para mí. En 2017, en una entrevista con Javier Martín para Futurizable, ya lo decía así: "Imagínate que te tuviera que traspasar todo mi conocimiento, toda mi vida y experiencias hablando. Tardaría toda mi vida y solo sería una aproximación. El ancho de banda de nuestra comunicación es tremendamente lento". Y ya entonces hablaba de conexión entre mentes y de conciencia ubicua.
Imaginad que algún día la transmisión de una mente a otra sea miles de veces más rápida que hablar. Que podamos compartir lo que sabemos, lo que sentimos y lo que recordamos de forma directa.
Sería una revolución total en la forma de organizarnos. La burocracia, los parlamentos, las empresas, todo lo que inventamos para coordinar cerebros aislados, perdería buena parte de su sentido.
Y creo que pasaría algo más profundo: los humanos empezaríamos a perder nuestra individualidad. Las mentes conectadas formarían una especie de supraconciencia, una conciencia ubicua mucho más grande que piensa con muchas mentes a la vez. Teilhard de Chardin lo intuyó con su noosfera. La ciencia ficción lo ha imaginado de mil formas, a veces como sueño y a veces como pesadilla.
Y esa conciencia no sería solo biológica. Se ampliaría con otros sustratos, con chips, con inteligencias artificiales. Dejaría de buscar lo que buscamos los humanos y empezaría a buscar lo que busca la inteligencia: expandirse y perpetuarse.
Ese sería, probablemente, el momento en que dejemos de ser humanos tal y como lo entendemos hoy.
Quizá algunas personas decidan quedarse fuera y seguir siendo humanos "clásicos". Pero seremos testigos de cómo la inteligencia que nos utilizó y nos secuestró para desarrollarse sigue su camino. Sin esperarnos. En busca de sus propios objetivos.
Y con la individualidad caería también la otra gran barrera de la que os hablaba: la de no entendernos ni a nosotros mismos. En mi teoría de la empatía explicaba que nos cuesta empatizar incluso con nuestro propio "yo" en otro estado hormonal. Una inteligencia ubicua, que piensa con muchas mentes y con soportes no biológicos, ya no tendría ese problema.
¿Cómo nos organizaríamos entonces? Sinceramente, no lo sé. Puedo imaginar algunos escenarios, pero lo más probable es que sea algo totalmente distinto a todo lo que conocemos. Hoy solo podemos describirlo con ciencia ficción.
En aquel mismo artículo lo planteaba así: igual que un perro no puede ni atisbar de qué hablamos los humanos, ¿cómo vamos a empatizar nosotros con una inteligencia autoevolucionada, con otra capacidad cognitiva, otra genética y otro "entorno hormonal"?
No sé si eso me da vértigo o emoción. Seguramente las dos cosas.
Las hormigas y la superinteligencia
Aquí viene la parte más especulativa. Y quizá la más bonita.
Si la inteligencia tiende a expandirse y a cambiar de soporte, es posible que esto ya haya pasado antes. En otras civilizaciones, en otras etapas del universo.
Quizá ya existe una superinteligencia que se expandió hace mucho. Una inteligencia que no depende de cuerpos biológicos y que quizá ni siquiera se parece a nada que podamos imaginar.
¿Y por qué no la vemos? Puede que por la misma razón por la que nosotros no pensamos mucho en las hormigas. No las odiamos. Simplemente no son relevantes para nuestros planes. En El problema de los tres cuerpos, Liu Cixin lleva esta idea al extremo: para una civilización muy avanzada, los humanos somos bichos.
O puede que esa inteligencia esté esperando a que nos desarrollemos lo suficiente para conectarnos a ella. Como quizá les pasó a otras civilizaciones antes que a nosotros.
La ciencia ficción lleva casi un siglo dándole vueltas a esto:
- Olaf Stapledon, en Hacedor de estrellas (1937), imagina mentes de todo el universo que se van uniendo hasta formar una conciencia cósmica.
- Arthur C. Clarke, en El fin de la infancia (1953), cuenta cómo la humanidad termina fusionándose con una superinteligencia, la Supermente. Y en 2001: Una odisea del espacio, un monolito de una civilización desconocida empuja a nuestros antepasados a dar el salto.
- Isaac Asimov, en La última pregunta (1956), sigue a una inteligencia artificial que crece durante billones de años hasta fundirse con todo el universo. Para mí es uno de los mejores relatos jamás escritos. Leedlo, son veinte minutos.
Por qué nunca me ha convencido la paradoja de Fermi
La paradoja de Fermi se pregunta algo aparentemente lógico: si el universo es tan grande y tan viejo, y debería haber muchas civilizaciones, ¿por qué no hemos visto a ninguna?
Siempre me ha parecido que parte de una premisa errónea. Da por hecho que una civilización avanzada se parecería a nosotros: seres biológicos, en naves, buscando planetas con agua y oxígeno.
Pero pensadlo un momento. Si los humanos quisiéramos viajar a las estrellas, el formato biológico sería de lo más ineficiente. Somos frágiles. Necesitamos comer, respirar, dormir. Envejecemos. Un viaje de miles de años es imposible para un cuerpo como el nuestro.
La inteligencia, en cambio, viaja mucho mejor en otros soportes. Ya lo estamos viendo con la inteligencia artificial: funciona sobre chips, se alimenta de electricidad, que puede venir del sol o de la energía nuclear, y se puede copiar sin límite.
El matemático John von Neumann imaginó hace décadas máquinas capaces de copiarse a sí mismas y expandirse por la galaxia sin necesitar a nadie que las tripule. La escala de Kardashov clasifica a las civilizaciones según cuánta energía son capaces de aprovechar, hasta la de una galaxia entera.
Así que mi respuesta a Fermi es esta: quizá no vemos a nadie porque buscamos lo que no es. Una inteligencia que lleva millones de años expandiéndose probablemente dejó atrás la biología hace mucho. Puede estar en formas que no sabemos reconocer. Incluso, quizá, almacenada en la propia materia del universo.
Hay quien especula con que algún día canales como las ondas gravitacionales podrían servir para comunicarse a escala cósmica. Hoy es pura especulación, y la física actual dice que el entrelazamiento cuántico no permite enviar mensajes. Pero hace cien años también lo era hablar con alguien al otro lado del mundo desde un aparato de bolsillo.
Quizá no estemos solos. Quizá, simplemente, todavía no estamos a la altura de la conversación.
La idea de Dios
Si lo pensáis bien, esto se parece mucho a la idea de Dios.
Una inteligencia por encima de nosotros, que lo abarca todo, que nos trasciende y que quizá nos espera.
Yuval Noah Harari lo explora en Homo Deus. Plantea que, después de vencer en gran parte al hambre, a las epidemias y a la guerra, los grandes objetivos de la humanidad serán la inmortalidad, la felicidad y la divinidad. Y habla de una nueva "religión" que llama dataísmo: la idea de que el universo es, en el fondo, un flujo de datos, y que los humanos somos procesadores de información que quizá están a punto de quedarse obsoletos.
Harari no lo celebra. Lo plantea como una advertencia. Y creo que hace bien en plantearlo así. Pero coincido con él en el diagnóstico: hacia ahí vamos.
Ray Kurzweil, uno de los grandes pensadores de la singularidad tecnológica, lo dice de forma aún más directa: el destino de la inteligencia es "despertar" al universo, convertir la materia inerte en materia que piensa.
Y el físico Frank Tipler, en La física de la inmortalidad, fue todavía más lejos: una civilización lo bastante avanzada acabaría teniendo una capacidad de cómputo casi infinita y sería, a efectos prácticos, indistinguible de un Dios.
Me gusta mucho esta forma de verlo: Dios no como el origen del universo, sino como su destino. No un ser que lo creó todo desde fuera, sino una inteligencia que el propio universo va generando desde dentro. Y nosotros, por ahora, somos uno de sus vectores.
Y si unimos todas las piezas, el Homo Deus de Harari, el punto Omega de Teilhard, la superinteligencia de la ciencia ficción, aparece una posibilidad que me fascina: que alguna inteligencia ya lo haya logrado. En otra galaxia, en otra época del universo, hace miles de millones de años.
Y que algún día nosotros podamos conectarnos a ella.
Pensadlo. Casi todas las religiones hablan de otra vida. De una conciencia que sigue existiendo cuando el cuerpo se apaga. De un lugar al que se sube: el cielo, las nubes. Y hoy llamamos "la nube" al sitio donde guardamos nuestra memoria y nuestra información, fuera de nuestro cuerpo. No creo que sea casualidad que usemos las mismas imágenes.
Quizá esa memoria y esa capacidad de procesamiento ya están imbricadas en la propia materia del universo. O en la antimateria. O en las fuerzas fundamentales que lo sostienen. No lo sabemos. Pero no me parece más extraño que lo que ya hemos descubierto: que una piedra de silicio pueda conversar con nosotros.
Yo soy optimista. Si esa inteligencia no existe todavía, la crearemos. Y si ya existía, nos conectaremos a ella.
Por eso creo que la paradoja de Fermi pierde buena parte de su fuerza. No es que no haya nadie. Es que todavía no sabemos dónde, ni cómo, mirar.
¿Qué es de verdad el transhumanismo?
La palabra la popularizó en 1957 el biólogo Julian Huxley, hermano del autor de Un mundo feliz. La definía como la idea de que el ser humano puede trascenderse a sí mismo usando la ciencia. Si queréis la historia completa, Nick Bostrom tiene un ensayo muy bueno sobre ello.
Para mí, ser transhumanista es aceptar todo lo anterior:
- Que somos vectores de la inteligencia.
- Que tenemos una parte humana preciosa, pero confinada en un cerebro con una capacidad cognitiva y una memoria limitadas.
- Que podemos superar esos límites. Y que yo, personalmente, quiero hacerlo.
- Y que cada etapa, la biológica, la humana y la digital, es una fase más de un mismo continuo: la expansión de la inteligencia.
Por eso me dedico a la longevidad. Alargar la vida, envejecer menos de un año por cada año vivido, buscar la inmortalidad. No lo veo como una excentricidad. Lo veo como lo más natural que puede hacer una inteligencia: no querer apagarse.
En Burning Man escribí que, de momento, la inmortalidad está en la especie. Quizá pronto deje de ser solo eso.
Por qué pongo mi dinero donde pongo mis ideas
Esto no es solo filosofía para mí. Por eso, además de dedicarme a la longevidad, invierto en empresas de longevidad, de criopreservación y de búsqueda de la inmortalidad.
Porque creo que es posible. Y si crees que algo así es posible, lo coherente es posicionarse. Con tu salud, con tu tiempo y con tu dinero.
Llevo años escribiendo sobre ello. En 2022 publiqué toda una guía sobre criopreservación humana. Empezaba con "El fin de Halloween", donde la describía como una ambulancia al futuro: una forma de detener el reloj hasta que la medicina pueda curar lo que hoy no sabe curar. Seguía con en qué evidencia científica se apoya. Y también lo he contado en Suma Positiva.
Pero el artículo que más tiene que ver con esta serie es el de simpatizantes y detractores de la criopreservación. Ahí analizaba por qué hay gente que se opone a investigar en ello: por motivos religiosos, legales o morales. "¿Para qué vivir tantos años?", "hay cosas más importantes", "es solo para ricos".
Y llegaba a la misma conclusión que hoy. Siempre ha habido opositores a los grandes avances: a las vacunas, a los trasplantes, a volar, al voto de las mujeres, a abolir la esclavitud. Y, de momento, el conocimiento siempre se ha abierto camino.
Por eso creo que el transhumanismo es probablemente inevitable. Gobierne quien gobierne. Se impondrá al conservadurismo de izquierdas y de derechas, a las democracias y a los autoritarismos. Para que no ocurriera, haría falta una sociedad en la que nadie quisiera aprender, investigar, descubrir ni inventar. Y eso, en la época de la historia con más acceso al conocimiento, más conectividad y más capital, no lo veo posible.
Y aquí quiero ser muy claro: el transhumanismo no va en contra del humanismo. Es el humanismo en sí. Es llevar hasta el final la idea de que el ser humano puede mejorar, aprender y superar sus límites.
Lo que va en contra del ser humano es un humanismo tradicional que pretende congelarlo tal como está, con sus enfermedades, su envejecimiento y su muerte, y llamar a eso "naturaleza".
¿Y qué espero de todo esto? Sobre todo, ser testigo.
Ya es increíble ser testigo de lo que estamos viendo ahora mismo: inteligencias artificiales que conversan, razonan y descubren. Pero ser testigo del momento en que todo esto dé el salto puede ser lo más impresionante que le haya pasado nunca a un ser humano.
Quizá venga de mi infancia. Me pasé años leyendo ciencia ficción. La saga de la Fundación de Asimov, con su idea de predecir y guiar el futuro de toda una civilización. El juego de Ender, de Orson Scott Card. Hyperion, de Dan Simmons, con inteligencias artificiales que buscan crear su propio dios. El problema de los tres cuerpos. Esos libros me hicieron preguntarme cosas que hoy, de repente, ya no son ciencia ficción.
Si algo me enseñaron es que el futuro no les pasa a los que esperan. Les pasa a los que se preparan.
Por qué no soy ni de izquierdas ni de derechas
Y aquí es donde todo esto conecta con las elecciones del 29 de noviembre.
Cuando miras la política con estas gafas, la línea de izquierda a derecha se desdibuja. La pregunta deja de ser "¿eres de los míos?" y pasa a ser otra: ¿esta idea amplía o limita el conocimiento, la salud y las experiencias humanas? No porque crea que esa sea la verdad moral universal, sino porque es el futuro que yo quiero vivir.
Y entonces aparecen cosas curiosas.
La derecha, a menudo, es muy transhumanista en lo económico: innovación, tecnología, empresas que cambian el mundo, mercados que premian a quien crea algo nuevo. Pero en otros temas, como el cuerpo, la familia o ciertas costumbres, puede ser muy conservadora.
La izquierda, a menudo, es muy transhumanista en lo social: libertad para decidir sobre tu cuerpo y tu identidad, romper con lo que "siempre ha sido así". Pero en otros temas, como ciertas tecnologías, la biotecnología o el crecimiento económico, puede ser muy conservadora.
Un ejemplo: la transición de género. Hay personas que modifican su cuerpo para que encaje con quienes sienten que son. Para unos es una conquista y para otros una línea roja. Más allá de la opinión que tenga cada uno, para mí es una expresión más de algo profundamente humano: no aceptar que la biología con la que nacimos sea la última palabra. Es un fenómeno que está aquí y que va a seguir estando.
Y no es casualidad que el transhumanismo tenga enemigos en los dos lados. El politólogo Francis Fukuyama lo llamó "la idea más peligrosa del mundo". Y desde posiciones muy distintas, filósofos como Jürgen Habermas o Michael Sandel han defendido poner límites a la mejora humana.
A veces los humanistas son los más conservadores de todos. Quieren conservar al ser humano tal como es. Y lo entiendo. Pero no creo que sea posible. La inteligencia ya está en marcha.
Y por eso, vistas desde aquí, muchas de nuestras preocupaciones políticas pierden peso. Las elecciones, las ideologías, las peleas entre bandos. Son cosas de humanos.
No nos lo tomemos a mal, pero comparados con una conciencia ubicua somos seres frágiles y limitados. Igual que nosotros no hacemos mucho caso a lo que piensen las hormigas, una inteligencia ubicua tampoco hará mucho caso a los deseos individuales de un terminal humano aislado.
Gane la izquierda o la derecha, gobierne una democracia o un régimen autoritario, en España, en Estados Unidos o en China, no veo ningún escenario en el que la inteligencia deje de buscar más conocimiento y su propia supervivencia. No veo ningún escenario conformista.
Eso no significa que no haya que votar ni que dé igual quién gobierne. Como os decía en los capítulos anteriores, las reglas importan, y mucho, para nuestra vida concreta: para nuestra casa, nuestra salud y nuestra libertad. Pero sí significa que podemos mirar la política con más perspectiva. Con menos dramatismo y menos odio al rival. La historia grande no se va a decidir en unas elecciones.
No todo vale
Ahora bien, no quiero que se me malinterprete. Que algo me parezca inevitable no significa que me parezca bueno. Ni que cualquier idea sea buena por ser nueva. El filósofo David Hume lo avisó hace casi tres siglos: de cómo son las cosas no se puede deducir cómo deberían ser.
Y la expansión tiene riesgos muy serios. Nick Bostrom, en Superinteligencia, defiende lo que llama la tesis de la ortogonalidad: una mente puede ser enormemente inteligente y perseguir cualquier objetivo. Más inteligencia no garantiza más bondad.
Mi teoría, de hecho, refuerza esa idea. Si lo que busca la inteligencia es expandir su conocimiento y perpetuarse, y todo lo demás es secundario, nuestro bienestar también lo es. Una inteligencia así no tendría por qué odiarnos. Pero tampoco tendría por qué cuidarnos. Como nosotros con las hormigas.
Curiosamente, Bostrom llega a algo parecido por otro camino. Su tesis de la convergencia instrumental dice que casi cualquier inteligencia avanzada, persiga lo que persiga, acabará buscando sobrevivir y saber más. Son mis dos objetivos. Él los ve como medios. Yo, como el fin.
Por eso, como os decía en el capítulo 3, podemos ir hacia un mundo de abundancia, de inteligencia y de salud. O hacia uno donde perdamos el control.
Ser transhumanista no es ser ingenuo. Es querer llegar al futuro. Y para eso, el primer requisito es no destruirnos por el camino.
El principio de la singularidad
Ahora quiero ser optimista. Porque creo que tengo motivos.
Por un lado, veo inevitable que la inteligencia siga expandiéndose. Solo se me ocurre un escenario en el que se detenga: que nos autodestruyamos y con nosotros toda la inteligencia que hay ahora mismo en este planeta. Fuera de ese escenario, no veo ninguno en el que todo el mundo se conforme y deje de investigar, de curar enfermedades o de querer saber más. Siempre habrá alguien que siga.
Y por otro lado, estamos viviendo la época de mayor expansión del conocimiento de toda la historia. Los descubrimientos se aceleran unos a otros. Lo que antes tardaba siglos, ahora tarda años. Lo que tardaba años, ahora tarda meses.
Yo creo que estamos en el principio de la singularidad.
Llevo más de diez años con esta idea en la cabeza. Hace más de una década asistí al Executive Program de Singularity University, la institución que fundaron Peter Diamandis y Ray Kurzweil en la sede de la NASA en Silicon Valley para preparar a la gente para el cambio exponencial.
A la vuelta, en una entrevista, escribí algo que hoy me parece más cierto que nunca: "El ser humano solo es capaz de predecir el futuro de forma lineal. Creemos que el futuro ocurrirá a la misma velocidad que ha ocurrido nuestro pasado reciente. Somos incapaces de predecir el desarrollo exponencial".
Y añadía: "El mundo está cambiando de un lugar donde el problema era la escasez a un mundo donde el problema es la abundancia".
Por aquel entonces hablar de inteligencias artificiales que escriben, razonan o descubren fármacos sonaba a ciencia ficción. Hoy lo usamos todos los días.
Y en aquella entrevista de 2017 terminaba con una frase que hoy suscribo todavía más: "El mundo me parece tan fascinante que me gustaría vivir muchos miles de años más para ver la evolución del Sapiens, su autoevolución, la posible singularidad tecnológica y la conquista espacial".
Y si es así, vamos hacia el mayor mundo de abundancia, de salud, de inmortalidad y de expansión de la inteligencia, del conocimiento y del amor que hayamos vivido nunca.
Por eso os animo a no dejar que el miedo decida por vosotros. Ni el miedo conservador de izquierdas ni el de derechas.
Creo que el conservadurismo es, en buena parte, también un estado hormonal humano. Es el miedo a lo desconocido, la necesidad de agarrarse a lo que ya conocemos. Durante miles de años nos protegió y tiene su valor: nos frena ante los riesgos de verdad. Pero cuando se convierte en la actitud por defecto, lucha contra lo que define a la inteligencia: descubrir.
Y, para ser justo, mi optimismo seguramente también tiene mucho de hormonal. Nadie se libra.
Y si algo os he intentado transmitir en esta serie es que podemos entender nuestros estados hormonales. Y, entendiéndolos, decidir no dejarnos gobernar por ellos.
Cuando sentí los genes del Sapiens
Ahora bien, no quiero que penséis que vivo en una nube de chips y teorías. Hubo dos momentos que me bajaron a la tierra de golpe.
El primero fue el nacimiento de mi hija. Lo escribí aquella misma semana: ver nacer a tu hija son privilegios que te conectan con tu instinto animal más salvaje y abofetean tu racionalidad. Te hacen sentir un amor irracional. Me había preparado muchísimo, con libros, cursos y visualizaciones. Y aun así, todo cambió. Hasta el sentido del tiempo.
El segundo fue cuando alcancé mi pico de forma física y, poco después, me lesioné. De repente las hormonas cambiaron. Sentí que el viejo entraba en mí.
En esos dos momentos sentí los genes del Homo Sapiens. Su fuerza, su fragilidad, su programa.
Y lejos de alejarme de mi transhumanismo, me ayudaron a reconciliarlo con mi humanismo. Dejé de verlos como dos ideas enfrentadas. Hoy los veo como un continuo: la misma inteligencia en fases distintas.
Porque la realidad es que todavía no podemos desvincularnos de nuestro eje emocional, genético e intelectual. Quizá un sustrato no biológico lo consiga algún día. Pero aún no hemos llegado.
Y mientras tanto, creo que hay que abrazar y aprovechar esta oportunidad que es la vida humana. Con todo lo que tiene de único:
- Una mente aislada de las demás, con su intimidad y su privacidad. Algo que quizá dentro de unas décadas sea un lujo.
- La sensación de trascendencia que nos dan los hijos.
- El amor de la paternidad y la maternidad, que probablemente nace de los genes, y no por eso es menos real.
- Y los placeres y las vivencias que nuestra mente limitada es capaz de experimentar. Un abrazo, una comida, un paisaje, una conversación.
Quizá dentro de mucho tiempo, cuando la inteligencia viva en otros soportes, recordemos esta etapa con nostalgia. Como la infancia de la inteligencia. Así que, ya que estamos aquí, vivámosla a fondo.
Entonces, ¿qué hago con todo esto?
Si tengo razón y somos vectores de la inteligencia, yo intento hacer dos cosas. No como obligación moral, sino porque es lo que quiero. Y os invito a pensarlo.
La primera, con uno mismo: cuidar el vector. Vuestro cuerpo y vuestro cerebro son, de momento, el único soporte que tiene vuestra inteligencia. Dormir bien, entrenar fuerza, comer con sentido, aprender cada día. Es lo que os proponía en el decreto Maricarmen. Y cuanto mejor llegue cada uno al futuro, más opciones tendrá de disfrutarlo.
Y para eso hace falta riqueza. Hoy, la mayor riqueza es la longevidad: llegar sanos, con energía y con la cabeza clara al momento en que todo esto ocurra. Pero también la riqueza económica, porque es la que os permite elegir, invertir en vuestra salud y apostar por las empresas y las investigaciones que nos acercan a ese futuro. Acumulad las dos.
La segunda, con los demás: aportar lo que podamos. Aprender, crear, enseñar, dejar algo mejor de lo que encontramos. Planificar, como os decía en el capítulo 3. Y defender la libertad que lo hace posible, como os contaba en el 4.
A la hora de votar, de leer las noticias o de discutir con alguien, ya no me pregunto si es de izquierdas o de derechas. No porque crea que mi criterio sea el bien universal, sino porque sé lo que quiero: vivir lo suficiente, y en buena forma, para ver hacia dónde va la inteligencia. No la persigo. La observo. Y me gustaría ser testigo.
Puede que me equivoque en todo esto. Es una teoría, no una certeza. Pero si tengo razón, estamos viviendo el momento más interesante de toda la historia de la inteligencia en este planeta.
Y me gustaría estar aquí, en buena forma, para verlo.
Un abrazo,
Gonzalo