miércoles, 14 de octubre de 2026
Qué es el bien. Cómo saberlo. ¿Se puede saber?
Sexto capítulo de la serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa, Este es mi voto en las elecciones pensando en longevidad, Guía para mi hija en vivienda, victimismo, esfuerzo y longevidad, Papá, ¿izquierda o derecha significa algo en longevidad? y Somos Vectores de la Inteligencia.
Hola,
En esta serie os he hablado de cómo votar, de derechos, de quién decide por quién y de mi teoría de que somos vectores de la inteligencia.
Pero había una pregunta debajo de todo eso que nunca había contestado. La más básica de todas.
¿Qué es el bien? ¿Y qué es el mal?
Llevo décadas dándole vueltas. Desde que leía ciencia ficción de pequeño y me preguntaba si una civilización mucho más avanzada tendría nuestra misma moral. Y estos días, leyendo sobre utilitarismo, sobre Kant y sobre relativismo, me he dado cuenta de algo incómodo: casi todos tenemos una postura sobre esto, pero muy pocos sabemos cuál es. Y casi todos, yo el primero, nos contradecimos.
Así que hoy no os traigo respuestas. Os traigo un mapa, unas preguntas para situaros en él y, al final, mis propias incoherencias. Que las tengo.
Dos preguntas que solemos mezclar
Cuando discutimos sobre el bien y el mal, en realidad hacemos dos preguntas muy distintas. Y casi nunca nos damos cuenta.
La primera es: ¿qué debo hacer? ¿Está bien mentir para no hacer daño? ¿Robar para dar de comer a tus hijos? ¿Salvar a cinco personas sacrificando a una? Esta es la pregunta de la ética normativa. Busca criterios para decidir. Es la que nos hacemos todos los días, aunque no le pongamos nombre.
La segunda es: cuando digo que algo "está mal", ¿qué estoy diciendo exactamente? Esta es la pregunta de la metaética. No pregunta qué está bien, sino qué tipo de cosa es "estar bien". Si es algo que existe ahí fuera, algo que siento yo o algo que hemos acordado entre todos.
Fijaos en estas tres frases:
- "Dos más dos son cuatro."
- "El chocolate está riquísimo."
- "En España se conduce por la derecha."
La primera es un hecho: es verdad la diga quien la diga, y quien diga cinco se equivoca. La segunda es un gusto: si a vosotros no os gusta el chocolate, no estáis equivocados, simplemente sois distintos. La tercera es una convención: es verdad aquí, pero en Reino Unido se conduce por la izquierda y nadie está equivocado.
Ahora pensad en la frase "torturar a un niño está mal". ¿A cuál de las tres se parece? ¿Es como las matemáticas, como el chocolate o como el lado de la carretera?
Eso es la metaética. Y la respuesta que deis cambia muchísimo lo que podéis decir después. Si es un hecho, quien tortura se equivoca, como quien dice que dos y dos son cinco. Si es un gusto, solo podéis decir que a vosotros no os gusta. Si es una convención, solo podéis decir que aquí no se hace.
Una forma sencilla de recordarlo: la ética normativa discute qué jugada es falta. La metaética discute si existe un reglamento, quién lo ha escrito y si alguien puede leerlo.
Y lo curioso es que son independientes. Podéis pensar que el bien es solo una opinión y, aun así, tener criterios muy firmes sobre qué hacer en vuestra vida. O pensar que existe un bien objetivo y no tener ni idea de cuál es.
El mapa de la metaética: ¿el bien es un hecho, un gusto o una convención?
- Realismo moral. El bien es como las matemáticas. Hay verdades morales objetivas, independientes de lo que pensemos. Torturar a un niño por diversión está mal aunque todo el planeta votara lo contrario. Aquí están casi todas las religiones, Platón y Kant.
- Subjetivismo. El bien es como el chocolate. Son opiniones de cada persona. Decir "robar está mal" equivale a decir "a mí no me parece bien robar".
- Relativismo. El bien es como el lado de la carretera. Depende de cada sociedad o cultura, y no hay árbitro por encima.
- Escepticismo moral. Quizá exista un reglamento, pero no tenemos forma de leerlo. No niega que haya verdades morales; niega que podamos conocerlas.
Si queréis profundizar, la Enciclopedia de Filosofía de Stanford tiene entradas muy buenas sobre cada una.
El mapa de la ética normativa: ¿cómo se decide qué hacer?
- Consecuencialismo. Lo que importa son los resultados. Una acción es buena si deja el mundo mejor que las alternativas.
- Utilitarismo. Es un tipo de consecuencialismo, el más famoso. Dice qué resultado hay que buscar: el mayor bienestar para el mayor número de personas. Se confunden mucho: todo utilitarista es consecuencialista, pero no al revés. Se puede ser consecuencialista y querer maximizar otra cosa, como la libertad o el conocimiento.
- Deontología. Hay deberes que se cumplen pase lo que pase. Kant decía que nunca se puede tratar a una persona solo como un medio, aunque así se salvaran muchas otras.
- Ética de las virtudes. Aristóteles no preguntaba qué hacer, sino qué tipo de persona ser. Valiente, honesta, prudente. Lo demás sale de ahí.
El test: ocho preguntas para saber dónde estáis
Contestad rápido, sin pensar en qué queda bien. Lo interesante es lo que os sale de dentro. Las cuatro primeras son de metaética. Las cuatro últimas, de ética normativa.
1. Si mañana toda la humanidad votara que la esclavitud está bien, ¿pasaría a estar bien?
Si decís que sí, sois relativistas. Si decís que no, estáis suponiendo que hay algo por encima de la opinión de todos. Eso es realismo.
2. Cuando discutís con alguien sobre el aborto o la pena de muerte, ¿uno de los dos se equivoca? ¿O solo tenéis gustos distintos, como quien prefiere la playa a la montaña?
Si alguien se equivoca, sois realistas. Si son gustos, sois subjetivistas. La mayoría discutimos como realistas aunque digamos que somos subjetivistas.
3. ¿Abolir la esclavitud fue una mejora o solo un cambio?
Si fue una mejora, creéis en el progreso moral. Y para que haya progreso tiene que haber una meta hacia la que avanzar.
4. ¿Podéis criticar una costumbre de otra cultura, por ejemplo casar a niñas de doce años?
Si podéis, no sois relativistas del todo. Si no podéis, sed coherentes: tampoco podréis criticar las costumbres de vuestra propia cultura que os parecen injustas.
5. Un tranvía va a atropellar a cinco personas. Podéis desviarlo y matará a una. ¿Lo desviáis?
Ahora cambiad el caso: un cirujano puede matar a un paciente sano y usar sus órganos para salvar a cinco. ¿Debe hacerlo? Si al tranvía decís que sí y al cirujano que no, ya no sois consecuencialistas puros. El dilema del tranvía lleva cincuenta años dando guerra por esto.
6. Un asesino llama a vuestra puerta y pregunta dónde se esconde vuestro amigo. ¿Mentís?
Casi todos mentiríamos. Kant decía que no. Si mentís, tenéis algo de consecuencialistas.
7. Os ofrecen conectaros a una máquina que os hará sentir felices el resto de vuestra vida, aunque nada de lo que viváis sea real. ¿Aceptáis?
Es la máquina de experiencias de Robert Nozick. Si decís que no, os importa algo más que sentiros bien. Y entonces no sois utilitaristas clásicos.
8. ¿Hay algo que no haríais nunca, aunque los resultados fueran mejores?
Si la respuesta es sí, tenéis líneas rojas. Y las líneas rojas son deontología, por muy consecuencialistas que os sintáis.
Las incoherencias más habituales
Si habéis contestado con sinceridad, es muy probable que os hayáis pillado en alguna. Las más comunes:
- El relativista indignado. Dice que cada cultura tiene sus valores, pero se indigna con lo que pasa en Irán o en Corea del Norte.
- El subjetivista con derechos humanos. Dice que el bien es una opinión, pero defiende que hay derechos universales que nadie debería violar.
- El consecuencialista con líneas rojas. Dice que solo importan los resultados, pero jamás sacrificaría a un inocente.
- El realista sin fundamento. Está seguro de que hay un bien objetivo, pero no sabe explicar de dónde sale ni cómo lo conoce.
Tener incoherencias no es malo. Es lo normal. Lo malo es no saber que las tenéis.
Dónde estoy yo
No sería justo pediros esto sin hacerlo yo.
En metaética, me encuadro en el escepticismo moral. Entiendo que mucha gente crea en un bien moral superior. Puede que exista. Pero, si existe, creo que está fuera de nuestro alcance. Y como no podemos leer ese reglamento, en la práctica el bien y el mal que manejamos son opiniones de personas o de colectivos.
Lo veo como os contaba en el . Si hay inteligencias muy superiores a la nuestra, pensar que nosotros podemos saber qué es el bien universal es como pensar que la idea del bien de una hormiga vale para nosotros. Nuestra mente tiene límites. Y quizá este sea uno de ellos.
No soy el primero en pensarlo. El filósofo Colin McGinn defiende algo parecido sobre la conciencia: hay problemas que quizá nuestra mente no puede resolver, igual que un perro no puede entender el cálculo. Lo llaman misterianismo. Aplicado a la moral, eso es el escepticismo: quizá el reglamento existe, pero no sabemos leerlo.
Y hay algo que quiero aclarar, porque creo que el capítulo 5 se puede malinterpretar. No soy consecuencialista. No creo que lo bueno sea maximizar la inteligencia, ni que haya que sacrificar nada por ella. Cuando hablo de la inteligencia ubicua, no describo una meta que persigo. Describo un fenómeno que observo y hacia el que creo que vamos, queramos o no.
Lo que sí tengo es un deseo. Me gustaría vivirlo. Ser testigo. Disfrutar del proceso, vivir en esa abundancia y, si es posible, no morir. Pero eso no es una ley moral. Es mi deseo. Y, siendo coherente con lo que pienso del bien, es una opinión como cualquier otra.
En ética normativa, me identifico con la ética de las virtudes. No me pregunto tanto qué regla seguir o qué resultado maximizar, sino qué tipo de persona quiero ser. Y la respuesta la tengo bastante clara:
- Alguien que cuida su vida. Que valora la longevidad y trata su cuerpo y su cerebro como lo más valioso que tiene.
- Alguien que disfruta. Un abrazo, una comida, un paisaje, una conversación. Vivir más no sirve de nada si no se vive bien.
- Alguien comprometido. Con su familia, con su trabajo y con lo que dice.
- Alguien que acepta su humanidad. Sus hormonas, sus límites y sus contradicciones. Sin pelearse con ellos, pero sin dejar que decidan por él.
- Alguien compasivo. Que rechaza el sufrimiento que no sirve para nada y contribuye a que desaparezca.
- Alguien que aporta. Que quiere contribuir a que la llegada de la superinteligencia salga bien y nos abra paso a la abundancia y a la inmortalidad.
No es una postura nueva. Es la de Aristóteles, que hablaba de la eudaimonía, el florecimiento: una vida plena, vivida a fondo. Tiene algo de Epicuro, que defendía el disfrute sereno, y algo de los estoicos, que aconsejaban aceptar lo que no depende de nosotros. La filósofa Shannon Vallor ha ido un paso más allá en Technology and the Virtues: se pregunta qué virtudes necesitamos para vivir bien en un mundo transformado por la tecnología. Es justo la pregunta que me hago yo.
Eso no quita que coquetee con el utilitarismo. La idea de aumentar el bienestar y reducir el sufrimiento me atrae, y muchas veces razono así. Pero no la uso como regla, sino como herramienta. Por dos motivos.
El primero es que el bienestar es muy difícil de medir. ¿Cuánto vale una alegría? ¿Cuánto pesa un duelo? Nadie tiene esa calculadora.
El segundo es que no todo el sufrimiento es igual. Hay sufrimiento que nos hace crecer: el esfuerzo de entrenar, una crisis que se convierte en oportunidad, un fracaso que nos obliga a cambiar. Viktor Frankl, que sobrevivió a Auschwitz, defendía que el sufrimiento con sentido se puede soportar y hasta transformar. Nassim Taleb lo llama antifragilidad: hay cosas que se hacen más fuertes con los golpes.
Pero hay otro sufrimiento que es vacío. Una enfermedad que te consume, el dolor que no enseña nada, la humillación gratuita. Ese lo rechazo, y quiero contribuir a que no exista. El filósofo David Pearce, uno de los fundadores del movimiento transhumanista, va más lejos: defiende que la tecnología acabe algún día con todo el sufrimiento involuntario. No sé si es posible. Pero me parece una de las mejores razones para querer que la inteligencia siga avanzando.
Mis incoherencias
Aun así, cuando me hago las preguntas del test, me pillo en varias.
Primera: de "va a pasar" a "está bien que pase" hay un salto. El filósofo David Hume lo explicó hace casi tres siglos: de cómo son las cosas no se puede deducir cómo deberían ser. Que algo sea inevitable no lo convierte en bueno. Yo creo que la inteligencia seguirá expandiéndose, pero tengo que vigilar no presentarlo como algo deseable para todos solo porque lo es para mí.
Segunda: si es inevitable, ¿por qué me importa a quién votar? En el capítulo 5 os decía que me fijo en si una idea frena o acelera ese proceso. Mi respuesta honesta es que lo inevitable es el destino, no el calendario. Y como quiero estar aquí para verlo, me importa la velocidad. Pero eso es un interés personal, no un principio universal. Conviene decirlo así.
Tercera: mi escepticismo corta en las dos direcciones. Si una hormiga no puede saber qué es el bien para nosotros, yo tampoco puedo saber si esa inteligencia superior será buena para los humanos. Nick Bostrom lo llama la tesis de la ortogonalidad: una mente puede ser enormemente inteligente y perseguir cualquier objetivo. Más inteligencia no garantiza más bondad.
Cuarta: he explicado el conservadurismo como un estado hormonal. Pero si las posturas de los demás se explican por sus hormonas, mi optimismo tecnológico también podría explicarse por las mías. O vale para todos o no vale para nadie.
Quinta: digo que el bien es opinión, pero defiendo la libertad como si fuera universal. En el capítulo 4 os decía que buena parte de lo mejor de nuestra época se construyó en libertad. Si un sistema autoritario nos llevara más rápido a ese futuro, ¿lo aceptaría? Sinceramente, creo que no. Soy, en eso, el subjetivista con derechos humanos de la lista de arriba.
Sexta: digo que no busco la superinteligencia, que la observo. Pero también digo que quiero contribuir a ella. Mi forma de resolverlo es esta: no quiero acelerarla a cualquier precio. Creo que va a llegar de todas formas. Lo que quiero es aportar para que, cuando llegue, salga bien. Para nosotros y para los que vengan después.
Séptima: digo que rechazo el sufrimiento, pero solo empatizo con el que conozco. Me duele el sufrimiento de las personas cercanas. Mucho menos el de personas lejanas, el de otros colectivos, el de los animales o el de la naturaleza. Y ni siquiera me planteo el que pueda existir fuera de lo que conocemos. Si hay otras formas de vida en el universo, o formas de sufrir que no sabemos reconocer, no entran en mis cuentas. Es un poco hipócrita.
Peter Singer lo llama el círculo que se expande: a lo largo de la historia, la humanidad ha ido ampliando el grupo de seres cuyo sufrimiento le importa. Primero la tribu, luego la nación, luego toda la especie, y ahora, poco a poco, los animales. Y el psicólogo Paul Bloom, en Contra la empatía, explica por qué nos cuesta: la empatía funciona como un foco. Ilumina muy fuerte lo cercano y deja a oscuras todo lo demás. Por eso propone sustituirla, al menos al decidir, por algo más frío y más justo: la compasión racional.
No lo tengo resuelto. Pero al menos sé que mi foco es pequeño.
Cómo convivo con ellas
No tengo una solución perfecta. Pero tengo tres ideas que me ayudan.
La primera es la incertidumbre moral. William MacAskill, Toby Ord y Krister Bykvist escribieron un libro entero sobre esto: cómo actuar cuando no sabes qué teoría moral es la correcta. Su respuesta, muy resumida: no apostar todo a una sola teoría y evitar lo que sería una catástrofe según casi todas. Es lo mismo que hago con las inversiones: diversificar cuando no sé qué va a pasar.
La segunda es elegir sabiendo que elijo. Sartre decía que el universo no trae manual de instrucciones y que, precisamente por eso, somos libres para decidir qué hacer con nuestra vida. Yo he elegido querer vivir mucho y bien, y estar aquí para ver lo que viene. No porque esté escrito en las estrellas. Porque es lo que da sentido a lo que hago.
La tercera es la humildad. Si tengo razón con lo de las hormigas, es muy probable que me equivoque en muchas cosas. Incluida esta.
Ahora os toca a vosotros
Contestad las ocho preguntas. Apuntad dónde os habéis contradicho. Y si os apetece, respondedme a este correo con vuestras respuestas. Las leeré todas.
No para deciros quién tiene razón. Si tengo razón con lo de las hormigas, ninguno de nosotros puede saberlo.
Pero sí para que, la próxima vez que discutáis sobre política, sepáis desde dónde habláis.
En el próximo capítulo os cuento la diferencia entre predecir algo y desearlo. Porque creo que es la clave para entender todo lo que os he contado en esta serie.
Un abrazo,
Gonzalo