viernes, 16 de octubre de 2026
Críticas al Subjetivismo, relativismo y Utilitarismo
Octavo capítulo de la serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa, Este es mi voto en las elecciones pensando en longevidad, Guía para mi hija en vivienda, victimismo, esfuerzo y longevidad, Papá, ¿izquierda o derecha significa algo en longevidad?, Somos Vectores de la Inteligencia, Qué es el bien. Cómo saberlo. ¿Se puede saber? y Escepticismo moral ante la singularidad.
En abril de 2005, el día antes de que empezara el cónclave que le convertiría en papa, el cardenal Joseph Ratzinger pronunció una homilía que dio la vuelta al mundo. En ella advertía de que se estaba formando una "dictadura del relativismo": una sociedad que no reconoce nada como definitivo y en la que la única medida es el propio yo y sus deseos.
Veinte años después, la frase sigue levantando ampollas. Y me interesa especialmente, porque en el capítulo anterior os contaba que me considero escéptico moral. Y en el capítulo Somos Vectores de la Inteligencia apliqué ese escepticismo a mi propia teoría.
Hoy quiero hacer algo que me parece más honesto que defender mi postura: enseñaros las mejores críticas que existen contra las ideas que más me tientan. El subjetivismo, el relativismo y el utilitarismo. Y, al final, contaros cuáles me afectan a mí y cuáles no.
Un recordatorio rápido de cada una:
- Subjetivismo. El bien y el mal son opiniones de cada persona. Como el gusto por el chocolate.
- Relativismo. El bien y el mal dependen de cada sociedad o cultura. Como el lado de la carretera por el que se conduce.
- Utilitarismo. Lo correcto es lo que produce más bienestar para el mayor número de personas.
Críticas al subjetivismo
1. Los desacuerdos desaparecen. Si "la esclavitud está mal" solo significa "a mí no me gusta la esclavitud", entonces quien dice que está bien no os está contradiciendo. Simplemente tiene otros gustos. Igual que no discutís con alguien a quien no le gusta el chocolate. Pero cuando discutimos de moral, sentimos que uno de los dos se equivoca. El subjetivismo no puede explicar ese sentimiento.
2. Nadie se equivoca nunca. Si lo bueno es lo que yo siento que es bueno, mientras describa bien mis sentimientos, siempre tendré razón. Un asesino convencido de que hace bien estaría, desde su punto de vista, en lo cierto. Eso choca con algo que todos hemos vivido: darnos cuenta de que estábamos equivocados en algo moral.
3. No hay forma de mejorar. Si cambio de opinión sobre un tema moral, el subjetivismo dice que simplemente he cambiado de gusto. Como quien pasa de odiar las aceitunas a que le encanten. Pero cuando alguien deja de ser racista, no decimos que ha cambiado de gusto. Decimos que ha mejorado.
Los filósofos A. J. Ayer y Charles Stevenson propusieron una versión más fina, el emotivismo: las frases morales no describen lo que sentimos, lo expresan. "Robar está mal" sería algo así como "¡robar, buuu!". Esto resuelve la segunda crítica, porque una exclamación no puede ser verdadera o falsa. Pero empeora la primera: si la moral son exclamaciones, discutir de moral sería como competir a ver quién abuchea más fuerte.
Críticas al relativismo
Antes de las críticas, una distinción que casi siempre se pasa por alto y que es fundamental.
Una cosa es describir que la moral cambia según la sociedad y la cultura. Eso es un hecho. Los antropólogos llevan más de un siglo documentándolo, y nadie serio lo discute. Se llama relativismo descriptivo.
Otra cosa muy distinta es pensar que, por eso, el bien es lo que cada sociedad aprueba. Eso ya no es una descripción, es una tesis moral: el relativismo normativo. Y no se deduce de lo primero.
Se puede reconocer que en otras épocas y en otros países se veía normal casar a niñas de doce años, y opinar a la vez que estaba mal. Observar que las morales son distintas no obliga a darles a todas la razón. Igual que observar que cada cultura tiene sus remedios no obliga a pensar que todos curan igual.
Es justo mi caso. Cuando digo que, en la práctica, el bien y el mal que manejamos son opiniones de personas y de colectivos, estoy describiendo cómo funciona la moral humana. No estoy diciendo que lo que opine cada colectivo sea el bien. Las críticas que vienen van contra esa segunda idea.
1. Los reformadores siempre se equivocan. Si lo correcto es lo que dicta la propia sociedad, cualquiera que vaya contra ella está, por definición, en el error.
Pensad en Clara Campoamor. En 1931, recién proclamada la Segunda República, era una de las tres únicas mujeres diputadas en las Cortes que iban a redactar la nueva Constitución. Las mujeres podían ser elegidas, pero todavía no podían votar. Y Campoamor se empeñó en cambiarlo.
Lo tuvo todo en contra. Buena parte de la izquierda temía que las mujeres votaran lo que les dijera el cura y dieran la victoria a la derecha. Incluso Victoria Kent, otra de las tres diputadas, pidió aplazar el voto femenino porque creía que las mujeres aún no estaban preparadas. Hasta en su propio partido le dieron la espalda. Aun así, el 1 de octubre de 1931 las Cortes aprobaron el sufragio femenino por un margen estrecho. Las españolas votaron por primera vez en las elecciones de 1933. Y a Campoamor le salió caro: perdió su escaño y muchos de los suyos la culparon de la derrota.
Para un relativista estricto, en 1931 Campoamor estaba equivocada, porque iba contra lo que pensaba buena parte de su sociedad. Y solo pasó a tener razón cuando la mayoría le dio la razón. A casi nadie le convence esto. Hoy pensamos que tenía razón desde el principio, aunque estuviera casi sola.
2. No se puede criticar nada. Ni a otras culturas, ni a la propia. Si la Alemania nazi aprobaba lo que hacía, un relativista coherente no podría decir que estaba mal, solo que nosotros lo vemos de otra forma.
3. Se contradice a sí mismo. Muchos relativistas defienden que hay que respetar todas las culturas. Pero "hay que respetar todas las culturas" es una norma universal, válida para todas las sociedades. Justo lo que el relativismo dice que no existe.
4. Del desacuerdo no se deduce que no haya verdad. Que las culturas discrepen sobre moral no demuestra que no haya una respuesta correcta. Durante siglos, distintas culturas discreparon sobre la forma de la Tierra, y no por eso todas tenían razón.
5. ¿Qué sociedad? Cada uno de nosotros pertenece a muchos grupos a la vez: un país, una región, una religión, una generación, una profesión. Si cada grupo tiene su moral, ¿cuál manda cuando chocan? El relativismo no tiene respuesta.
Y la crítica de Ratzinger va aún más al fondo: una sociedad que no cree en ninguna verdad queda indefensa ante quien tenga más poder. Si nada es verdad, solo queda la fuerza.
Críticas al utilitarismo
1. Permite sacrificar a inocentes. Un cirujano tiene cinco pacientes que morirán sin un trasplante. En la sala de espera hay una persona sana, compatible con todos. Si solo cuenta el bienestar total, el cirujano debería matarla y repartir sus órganos. Casi todos sentimos que eso es monstruoso, aunque las cuentas salgan.
2. Ignora que somos personas distintas. John Rawls lo explicó muy bien en Teoría de la justicia: tu sufrimiento no se compensa con la felicidad de otro. Una persona puede sacrificarse hoy para estar mejor mañana. Pero eso no justifica sacrificar a una persona para que otra esté mejor.
3. La felicidad no se puede medir. ¿Cuánto vale una alegría? ¿Cuánto pesa un duelo? ¿Cómo comparamos el placer de una persona con el dolor de otra? Nadie tiene esa calculadora.
4. El monstruo de utilidad. Robert Nozick imaginó lo que llamó el monstruo de utilidad: un ser que disfruta tantísimo de cada recurso que recibe que el utilitarismo obligaría a dárselo todo a él, aunque los demás pasaran hambre. Suena absurdo, pero es lo que dicen las cuentas.
5. La conclusión repugnante. Derek Parfit demostró que, si solo importa el bienestar total, un mundo con miles de millones de personas que apenas tienen una vida digna de vivirse sería "mejor" que uno con menos personas muy felices. Casi nadie lo acepta, y décadas después sigue siendo uno de los grandes problemas de la ética.
6. Exige demasiado. Peter Singer pone un ejemplo famoso: si veis a un niño ahogándose en un estanque, os tiraríais a salvarlo aunque se os estropeara el traje. Pero entonces, ¿por qué no dais el dinero de ese traje para salvar a un niño que muere de malaria a miles de kilómetros? Llevado al extremo, el utilitarismo os obliga a darlo casi todo. Bernard Williams añadía que así no queda espacio para tener proyectos, compromisos y una vida propia.
La verdad líquida y el mundo sin compromiso
Hay una crítica que no va contra una teoría concreta, sino contra el clima que dejan el subjetivismo y el relativismo cuando se convierten en sentido común.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman la bautizó a finales de los noventa como modernidad líquida, el título de su libro más conocido. En el pasado, decía, la vida era sólida: un trabajo para toda la vida, un matrimonio para toda la vida, una ideología, una religión, un barrio. Hoy todo es líquido. Cambia de forma, se escapa entre los dedos, no se compromete con nada. En Amor líquido lo aplicó a las relaciones: ya no buscamos vínculos, buscamos conexiones. Y una conexión, a diferencia de un vínculo, se puede deshacer con un clic.
No fue el único en verlo:
- Jean-François Lyotard anunció en 1979, en La condición posmoderna, el fin de los grandes relatos: ya nadie cree en una historia que lo explique todo, ni la religión, ni el progreso, ni el marxismo.
- Gilles Lipovetsky, en La era del vacío, describió a un individuo que lo prueba todo y no se ata a nada.
- Byung-Chul Han, el filósofo coreano afincado en Alemania, habla de la desaparición de los rituales y de una sociedad agotada de elegir constantemente.
- Y en 2016 el diccionario Oxford eligió como palabra del año posverdad: un clima en el que los hechos pesan menos que las emociones y las creencias de cada uno.
Es, en el fondo, el mundo que temía Ratzinger. Si no hay verdades firmes, tampoco hay compromisos firmes. ¿Para qué atarse a algo que mañana puede dejar de valer?
Aquí quiero ser muy claro, porque se podría pensar que un escéptico moral como yo es el perfecto ciudadano líquido. No lo soy. Y creo que es justo al revés.
No tener la verdad no significa no comprometerse. Sartre, que no creía en ningún bien dado de antemano, defendía precisamente el compromiso. Si el universo no trae manual de instrucciones, lo único que da forma a tu vida son las cosas con las que eliges comprometerte. El escepticismo no es una excusa para no atarse a nada. Es lo que hace que cada compromiso sea de verdad tuyo. Lo explicó en una conferencia de 1945 que se convirtió en libro, El existencialismo es un humanismo.
Y hay algo más. Creo que el compromiso le sienta bien a nuestros genes.
Somos una especie con una infancia larguísima. Una cría humana necesita años de cuidados antes de valerse por sí misma, y eso nos ha seleccionado para formar vínculos estables: con la pareja, con los hijos, con la tribu. Nuestro cerebro está hecho para el apego, no para las conexiones de quita y pon.
Los datos lo confirman. El estudio de Harvard sobre el desarrollo adulto, que lleva más de ochenta años siguiendo a cientos de personas, llegó a una conclusión que sorprendió a sus propios autores: lo que mejor predice una vida larga y feliz no es el dinero ni la fama, sino la calidad de las relaciones. Un gran análisis de 2010 que reunió casi 150 estudios encontró que las personas con relaciones sociales fuertes tenían alrededor de un 50% más de probabilidades de seguir vivas a lo largo del seguimiento. Y la soledad se asocia a un riesgo para la salud comparable al de fumar.
Lo mismo pasa con el propósito. Varios estudios han encontrado que las personas con un sentido claro de para qué viven tienen menos mortalidad. No es casualidad que en las zonas azules, las regiones del mundo con más centenarios, se repita siempre lo mismo: familia cerca, comunidad fuerte y una razón para levantarse cada mañana.
Así que, por muy escéptico que sea con la verdad, no lo soy con esto. Comprometerse con una pareja, con unos hijos, con unos amigos, con un proyecto o con una forma de vivir no es solo una opción moral. Es probablemente una de las mejores estrategias de longevidad que existen. Tan importante como dormir, entrenar o comer bien, que es lo que os proponía en el decreto Maricarmen.
Eso sí, no quiero idealizar el mundo sólido. La liquidez también trajo libertad: poder divorciarse, cambiar de trabajo, de ciudad o de ideas sin que te señalen. El reto no es volver atrás. Es elegir bien a qué nos atamos, sabiendo que podríamos no hacerlo.
Cuáles me afectan a mí
Como os conté en el capítulo Qué es el bien, no soy subjetivista, ni relativista, ni utilitarista puro. Soy un escéptico moral que se guía por la ética de las virtudes. Pero eso no me libra de todas estas críticas.
Las que esquivo. No digo que mi opinión sea la verdad, así que no caigo en la infalibilidad del subjetivista. Tampoco digo que cada cultura tenga razón dentro de sus fronteras, así que no caigo en la contradicción del relativista. Y como uso el utilitarismo como herramienta, no como regla, no estoy obligado a darle la razón al cirujano. Una persona compasiva e íntegra, que es la que quiero ser, no mata a un paciente sano por mucho que salgan las cuentas.
Las que me alcanzan. La más dura es la de los reformadores. Como escéptico, no puedo demostrar que Clara Campoamor tuviera razón y quienes se oponían al voto de las mujeres no. Lo que sí puedo decir es que yo habría estado de su lado, y que es el tipo de persona que quiero ser. Pero reconozco que eso no es una demostración. Es una elección.
También me alcanza la de Ratzinger. Si no hay verdades morales que podamos conocer, ¿qué nos protege del más fuerte? Mi respuesta, curiosamente, viene de otro filósofo, Karl Popper. En La sociedad abierta y sus enemigos defendía que la sociedad abierta, con libertad, democracia y separación de poderes, existe precisamente porque nadie tiene la verdad definitiva. Si alguien la tuviera, tendría derecho a imponerla. Como nadie la tiene, necesitamos instituciones que nos protejan de quien crea tenerla. La humildad moral, bien entendida, no lleva a la tiranía. Lleva a la libertad. Es lo que os contaba en el capítulo Papá, ¿izquierda o derecha significa algo en longevidad?.
Y hay una crítica que me afecta por ser seguidor de la ética de las virtudes: que es demasiado vaga. "Haz lo que haría una persona virtuosa" no dice qué hacer en un dilema concreto. Y las virtudes que valoro, como cuidar mi vida, disfrutar o ser compasivo, quizá también estén condicionadas por mis genes y mi cultura. Lo acepto. Es parte de aceptar mi humanidad.
Lo que acepto de estas críticas
- Que cuando discuto de moral, me comporto como si alguien tuviera razón. Aunque crea que no podemos saberlo.
- Que no puedo demostrar que la esclavitud esté mal. Solo puedo decir que jamás la aceptaría y que lucharía contra ella.
- Que sumar bienestar es una herramienta útil, pero peligrosa si se convierte en la única regla.
- Que mi escepticismo me obliga a defender la libertad con más fuerza, no con menos. Porque si nadie tiene la verdad, nadie debería poder imponerla.
- Que el mundo líquido es un riesgo real. Y que mi respuesta no es una verdad impuesta, sino compromisos elegidos.
Ratzinger creo que tenía razón en algo: una sociedad sin nada firme queda indefensa. Pero creo que lo firme no tiene por qué ser una verdad que alguien posee. Puede ser un acuerdo: que nadie la posee, y que por eso nadie puede imponerla a los demás.
Pero hay una pregunta que me ronda desde que empecé esta serie, y que no es filosófica sino de casa. Si yo soy escéptico con el bien, ¿cómo se lo enseño a mis hijas? ¿Les digo que mentir está mal, o que depende? De eso va el próximo capítulo.
Un abrazo,
Gonzalo
-