martes, 20 de octubre de 2026
Irse a vivir a un país donde es legal no morir y no pagar impuestos
Décimo capítulo de la serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa, Este es mi voto en las elecciones pensando en longevidad, Guía para mi hija en vivienda, victimismo, esfuerzo y longevidad, Papá, ¿izquierda o derecha significa algo en longevidad?, Somos vectores de la inteligencia, Qué es el bien. Cómo saberlo. ¿Se puede saber?, Escepticismo moral ante la singularidad, Críticas al subjetivismo, al relativismo y al utilitarismo y Educación de hijos: Montessori, psicología positiva y escepticismo moral.
Hola,
¿Te irías a vivir a una ciudad creada por Elon Musk y Bryan Johnson, con cero impuestos, y que busca la conquista espacial, la inmortalidad y llegar a ser vectores de la inteligencia?
¿Y si costara dinero entrar, pagarías por ello?
¿Y si no te aceptaran?
¿Y si tu país de origen no te dejara irte?
Hay una idea que llevo años trabajando en mi curso de economía pseudónima: el Estado-nación, tal como lo conocemos, está amenazado. Por Internet, por la movilidad, por el dinero digital y por una deuda que cada vez cuesta más sostener.
Qué es, en el fondo, un Estado
Empecemos por lo básico. Un Estado es, entre otras cosas, una organización con un presupuesto. Tiene unos gastos (pensiones, sanidad, educación, defensa, intereses de la deuda) y los financia de dos formas: con ingresos, que son sobre todo impuestos, y con deuda.
Y esos ingresos los obtiene de un recurso que hasta ahora daba por sentado: los ciudadanos que viven en su territorio. Sus trabajos, sus empresas, sus casas y su consumo.
Pero no todos aportan lo mismo. En la mayoría de los países ricos, la mayor parte de los ingresos del Estado sale de una minoría: los que más ganan y los que más tienen. Así está diseñado el sistema, y tiene su lógica, porque es donde está el dinero.
Durante siglos, esa minoría estaba tan atada a su país como cualquiera. La riqueza era muy difícil de trasladar. Eran tierras, fábricas, clientes, edificios. No te los podías llevar.
Hoy ya no es así. La riqueza se puede producir de forma digital y enviar al otro lado del mundo en segundos, sin pedir permiso a nadie. El trabajo cabe en un portátil. Y una parte del patrimonio puede estar en activos digitales que viajan contigo. Como os contaba en "Elige tus leyes, elige tus impuestos", cada vez es más fácil elegir dónde vivir, dónde tributar y con qué reglas.
Así que hagamos un ejercicio. ¿Qué pasaría si un Estado perdiera al 10% de los ciudadanos que más contribuyen? No perdería un 10% de sus ingresos. Perdería muchísimo más, porque son precisamente los que más aportan. Y el resto tendría que cubrir el hueco con más impuestos o con menos servicios. Es el gran punto débil del Estado moderno: depende de quien más fácil tiene irse.
Puede que ya lo estemos empezando a atisbar. Mirad las protestas que estamos viendo en Europa, con Francia como ejemplo más visible. Y lo curioso es que se producen en una época en la que los Estados europeos recaudan y gastan más que nunca. Nunca había habido tanto Estado. Y, sin embargo, el descontento no deja de crecer.
La economía en forma de K
¿Cómo puede ser? El inversor Murad Mahmudov lo explicaba muy bien hace unos días en una charla en TOKEN2049 Singapur, con una idea que se repite cada vez más: vivimos en una economía en forma de K.
La K tiene dos brazos. El de arriba es el de quienes tienen activos: acciones, empresas, inmuebles. El de abajo, el de quienes viven de su sueldo. Y cada año se separan más.
Murad lo enseña con una tabla muy potente de Estados Unidos desde que él nació. En ese tiempo, el sueldo mediano se ha multiplicado por 2,7. Las casas, por 4,3. La cantidad de dinero en circulación, por 6,7. Los beneficios empresariales, por 10. Y la bolsa con dividendos reinvertidos, por 31. Si lo ajustas por todo el dinero que se ha creado, el sueldo mediano habría perdido más de la mitad de su valor, mientras que la bolsa se habría multiplicado por cuatro.
Algunos datos más de su charla:
- En 1976, una hora de trabajo en Estados Unidos daba para comprar unos 2,4 kilos de carne de ternera. En 2026, apenas para 800 gramos.
- Según los datos que muestra, el 10% más rico de los estadounidenses tiene el 93% de las acciones. La mitad más pobre, menos del 1%.
- Comprar una casa es, según sus cálculos, dos veces y media más difícil que para la generación de nuestros padres. Y la edad media del primer comprador no deja de subir.
- La masa monetaria mundial crece, según su gráfico, cerca de un 10% al año.
Su conclusión es dura: "El sistema financiero se está transformando lentamente de un vehículo de oportunidades en un vehículo de extracción de riqueza". Y añade que el dinero se ha convertido en la obsesión de todos, porque la mayoría de los caminos hacia la riqueza se han cerrado. Por eso, dice, todo el mundo apuesta: deportes, opciones, criptomonedas. Y por eso la mayoría pierde.
Con su solución no estoy del todo de acuerdo. Murad propone "votar con tu dinero": unirse a comunidades y movimientos alrededor de un activo digital, sobre todo memecoins. Es una idea interesante, porque conecta con las micrópolis de las que os hablaré en un momento. Pero él es inversor en ese mercado, y él mismo reconoce que la inmensa mayoría de quienes especulan con estos activos pierde dinero. Así que tomadlo como lo que es: un buen diagnóstico y una apuesta personal.
Lo que me interesa es el diagnóstico, porque explica la paradoja. El Estado queda atrapado entre los dos brazos de la K. Necesita el dinero del brazo de arriba, que es justo el que más fácil tiene irse. Y tiene que responder al enfado del brazo de abajo, que pide más ayudas y más servicios. Cuanto más se separan, más difícil es contentar a ambos.
Y no es el único que lo ve. Otros dos autores enfocan especialmente bien hacia dónde puede llevarnos todo esto. Olivier Roland, en su Substack Disruptive Horizons, analiza cómo Internet y la globalización están rompiendo el poder de los Estados. Su tesis cabe en una frase: el poder de los Estados siempre se ha basado en que sus ciudadanos no pudieran irse. Y eso se está acabando. Y Álvaro D. María, autor de La filosofía de Bitcoin y de Micrópolis. Más allá del Leviatán, lo explicaba muy bien en una entrevista reciente: probablemente vamos a ver aparecer pequeñas jurisdicciones con sus propias reglas, a menudo lideradas por figuras carismáticas.
Así que os lanzo una pregunta para empezar. Imaginad que una persona a la que admiráis, un empresario, un científico, un pensador, funda mañana una ciudad con sus propias leyes. ¿Os iríais a vivir allí? ¿Llevaríais a vuestros hijos?
Para responder bien, hay que juntar todas las piezas de esta serie. Qué es el bien. Qué es la economía y qué es la política económica. Libertad o igualdad. Qué es un Estado. Y, al final, cómo prepararnos, y cómo preparar a nuestros hijos, para un mundo que quizá se organice de otra manera.
Y, sobre todo, hay que responder antes a otras preguntas. ¿Qué es lo que quieres de verdad? ¿Qué es lo importante en la vida para ti? ¿Cuáles son tus prioridades?
1. Del bien a la política
En el capítulo 6 os contaba que soy escéptico moral. Si existe un bien superior, creo que está fuera de nuestro alcance. En la práctica, el bien que manejamos son opiniones de personas y de colectivos.
Y aquí está la conexión que me parece clave: toda forma de organizar una sociedad es una idea del bien convertida en reglas. Un Estado, una ciudad o una comunidad deciden qué se premia, qué se castiga y qué se reparte. Es decir, eligen qué valores van primero.
Por eso no hay ninguna forma de organización neutral. Y por eso la pregunta "¿dónde quiero vivir?" es, en el fondo, la pregunta "¿con qué idea del bien quiero vivir?".
2. Economía: dónde hay hechos y dónde hay opiniones
Esto lo comentaba hace poco con mi familia, y me parece de las ideas más útiles que conozco.
La economía, como ciencia, parte de unos principios en los que casi todos los economistas están de acuerdo. El economista Lionel Robbins la definió como la ciencia que estudia cómo usamos recursos escasos, que tienen usos alternativos, para satisfacer necesidades y deseos que no tienen fin. De ahí sale el coste de oportunidad: lo que dedicas a una cosa, no lo puedes dedicar a otra.
Y sobre esa base hay leyes que casi nadie discute. Una de las más bonitas es la de la especialización. Si una persona fabrica sillas mejor y otra fabrica mesas mejor, se produce más si cada una se especializa en lo suyo y luego comercian. Adam Smith lo explicó con la ventaja absoluta. Y David Ricardo fue más lejos con la ventaja comparativa: incluso si alguien es mejor que tú en todo, a los dos os conviene que cada uno se especialice en aquello en lo que es relativamente mejor.
Pero luego está la política económica, que es otra cosa. Qué impuestos poner, cuánto redistribuir, qué hacer con la inflación. Ahí ya no hay consenso, y no por falta de datos, sino porque cada respuesta depende de qué valores pones primero.
Milton Friedman lo llamaba la diferencia entre economía positiva, la que describe cómo funcionan las cosas, y economía normativa, la que dice qué deberíamos hacer. ¿Os suena? Es exactamente la misma diferencia que os contaba en el capítulo 6 entre describir la moral y decidir qué es el bien. La ciencia económica te dice que controlar el precio de los alquileres reduce la oferta, como vimos en el capítulo 3. Si aun así compensa hacerlo, eso ya es una decisión de valores.
3. Libertad o igualdad
Simplificando mucho, la política económica se mueve entre dos grandes ideales, como os contaba en el capítulo 4.
- El liberalismo pone primero la libertad individual. Que nadie te impida decidir y desarrollarte como quieras, siempre que no dañes a otros. El Estado, cuanto más pequeño, mejor.
- El socialismo y, en general, el estatismo ponen primero la igualdad. No solo de oportunidades, también de resultados. Y aceptan que el Estado intervenga, redistribuya y limite libertades para conseguirla.
El filósofo Isaiah Berlin lo explicó con dos conceptos de libertad. La libertad negativa es que nadie te impida hacer algo. La libertad positiva es tener los medios para hacerlo. El liberal defiende sobre todo la primera. El socialista, sobre todo la segunda.
Dos matices importantes. El primero, que nada es puro: casi todos los países son mezclas, y casi todos los liberales aceptan algo de red pública, igual que casi todos los socialistas aceptan algo de mercado. El segundo, que estatismo no es sinónimo de izquierda. También hay una derecha muy estatista, que quiere un Estado grande para imponer orden, moral o nación.
4. La inflación: el campo de batalla
Si hay un tema donde se ve el choque entre libertad e igualdad, es la inflación.
Para la escuela austriaca (Mises, Hayek), la inflación es el gran enemigo. Es un impuesto oculto que nadie vota. Castiga al que ahorra y le impide planificar. Como os decía en el capítulo 3, nos hace menos humanos, porque nos quita justo lo que nos distingue: la capacidad de pensar en el futuro.
Un cálculo que conviene tener en la cabeza: con una inflación del 10% anual, en cinco años vuestro dinero en el banco pierde casi el 40% de su poder de compra. Y en siete, la mitad.
Ahora bien, aquí hay una idea muy extendida que conviene matizar. Se suele pensar que la inflación es una forma de quitarles a los ricos. Pero la realidad suele ser la contraria. Las grandes fortunas, como la de Elon Musk, están en empresas, inmuebles y activos reales, que con la inflación suben de precio. Quien más pierde es quien tiene su ahorro en efectivo y vive de un sueldo que tarda en subir. Además, el dinero nuevo beneficia primero a quien lo recibe antes, normalmente el Estado y los bancos, antes de que suban los precios. Es lo que se llama el efecto Cantillon.
¿Y la teoría monetaria moderna, la MMT? Sus defensores no proponen la inflación como herramienta para redistribuir. Lo que dicen es que un Estado que emite su propia moneda nunca se queda sin dinero, y que su verdadero límite no es la deuda sino la inflación, que se controlaría subiendo impuestos. Es una visión que da mucho más margen al Estado para gastar, y por eso tiene tantos críticos.
Por eso existe uno de los pocos consensos de la política económica: que los bancos centrales sean independientes de los gobiernos. Es como Ulises atándose al mástil para no caer en el canto de las sirenas. Un gobierno siempre tendrá la tentación de imprimir dinero antes de unas elecciones. Un banco central independiente, con su propio mandato de controlar la inflación, le quita esa tentación. El del Banco Central Europeo está blindado por los tratados de la Unión. Y quien no se fía ni de eso, como muchos austriacos, propone directamente un dinero que nadie pueda imprimir. Ahí entra Bitcoin.
5. El Estado-nación: más joven de lo que parece
Solemos pensar en el Estado-nación como algo natural y eterno. No lo es.
Se suele fechar en la Paz de Westfalia, en 1648. Y el sentimiento nacional, tal como lo conocemos, es del siglo XIX. Antes hubo otras formas de organizarse: la República romana, las ciudades-estado italianas, la Liga Hanseática, una red de ciudades comerciantes del norte de Europa que se protegía y comerciaba al margen de reyes, o en España, las cartas de población y los fueros, que daban reglas propias a cada territorio.
El sociólogo Max Weber definió el Estado como la comunidad que reclama con éxito el monopolio de la violencia legítima en un territorio. Es decir, el que tiene el ejército, la policía y los jueces.
Dentro del Estado-nación caben formas muy distintas. Democracias y autoritarismos. En el capítulo 4 os contaba cómo, durante décadas, las democracias dieron los mejores resultados, y cómo ahora algunos miran con envidia a Singapur o a China. Pero todas comparten la misma base: un territorio, una población que vive en él y un monopolio de la violencia.
6. Las grietas del Leviatán
Y aquí es donde varios autores que leo coinciden, cada uno a su manera: esa base se está agrietando.
Olivier Roland lo resume en una frase: "El poder de los Estados descansa en la inmovilidad de sus súbditos". Durante siglos, si no te gustaban las reglas de tu país, irte era casi imposible. Hoy puedes trabajar en remoto, cobrar de clientes de todo el mundo y vivir donde quieras. Roland defiende que Internet es el nuevo Leviatán: igual que la lealtad pasó de la Iglesia al Estado, ahora empieza a pasar a la red.
Y predice cómo reaccionarán los Estados: con lo que él llama el muro fiscal, leyes cuyo objetivo real no es recaudar, sino encarecer la salida. Impuestos de salida, más vigilancia, más control. "Cuanto más intentas encerrar a la gente, más busca la salida", escribe.
La otra grieta es el dinero. Álvaro D. María lo dice con una imagen muy potente: "Bitcoin es al Estado como los cañones a las murallas." Durante siglos, el Estado podía confiscar cualquier cosa que tuvieras: tu casa, tu cuenta, tu oro. Pero un patrimonio protegido con criptografía, cuya clave solo está en tu cabeza, es muy difícil de confiscar. En su libro anterior lo llamaba una propiedad privada absoluta, un espacio donde el Estado no tiene soberanía.
Es lo mismo que yo llevo años llamando economía pseudónima. Como os contaba en el artículo sobre la persona más rica del mundo, que puede llegar a ser un pseudónimo: Satoshi Nakamoto. Y como escribí en "Elige tus leyes, elige tus impuestos": los gobiernos cada vez van a tener que luchar más por nosotros.
7. Micrópolis y autoridades carismáticas
Si el Estado-nación pierde fuerza, ¿qué lo sustituye? Aquí entra el concepto de Álvaro D. María: las micrópolis. Pequeñas jurisdicciones con reglas propias, que compiten por atraer residentes y que muchas veces están gobernadas por una empresa o por una figura carismática.
Y lo de carismática no es una forma de hablar. Max Weber distinguía tres formas de autoridad legítima:
- La tradicional: te obedezco porque siempre ha sido así. El rey, el patriarca.
- La legal-racional: te obedezco porque hay unas normas y un cargo. El funcionario, el presidente elegido.
- La carismática: te obedezco porque confío en ti. Por tus cualidades, tu visión o lo que has conseguido.
El Estado moderno es, sobre todo, autoridad legal-racional. Las micrópolis podrían devolver protagonismo a la carismática. Y eso tiene su lado bueno y su lado peligroso.
No es ciencia ficción. Ya hay ejemplos:
- Próspera, en la isla de Roatán (Honduras). Una ciudad privada con sus propios códigos civil y mercantil, donde las empresas pueden elegir qué regulación aplicar y Bitcoin es moneda de curso legal. Unas 2.000 personas en 2024. Entre sus inversores están Peter Thiel y Marc Andreessen.
- La jurisdicción de la longevidad. En Próspera se celebró a principios de 2024 Vitalia, una ciudad temporal dedicada a la longevidad con más de 200 participantes. Y allí, con otra regulación, la empresa Minicircle probó una terapia génica que en Estados Unidos no estaba aprobada. Como alguien que se dedica a la longevidad, os confieso que me atrae y me inquieta a partes iguales. Me atrae poder avanzar más rápido. Me inquieta que los expertos fueran muy escépticos con la evidencia de esa terapia.
- Elon Musk. En mayo de 2025, los vecinos de la base de SpaceX en Texas votaron convertirla en una ciudad oficial: Starbase. No es una jurisdicción independiente, sigue bajo las leyes de Texas y de Estados Unidos. Pero es fácil imaginar el siguiente paso.
- Peter Thiel. El cofundador de PayPal lleva años detrás de esta idea. En 2009 escribió un ensayo con una frase que dio mucho que hablar: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles". Su propuesta era buscar espacios nuevos donde experimentar con otras formas de gobierno: el ciberespacio, el espacio exterior y el mar. Por eso financió el Seasteading Institute, que estudiaba ciudades flotantes en aguas internacionales. Hoy apoya el fondo Pronomos Capital, que invierte en ciudades como Próspera y en Praxis, un proyecto que se define como una "nación nativa de internet" y que busca construir su propia ciudad. Según sus propias cifras, que conviene tomar con cautela, ya tiene más de 150.000 "ciudadanos" inscritos.
- Los "network states" de Balaji Srinivasan, en su libro The Network State: comunidades que nacen en internet, alrededor de unos valores compartidos, y que con el tiempo compran territorio y buscan reconocimiento.
Así que volvamos a la pregunta del principio. Si Elon Musk, o cualquier persona a la que admiréis, fundara mañana una jurisdicción con sus propias reglas, ¿os iríais?
Antes de contestar, yo me haría estas preguntas:
- ¿Qué idea del bien tiene? No lo que dice, sino lo que premia y lo que castiga.
- ¿Puedo irme si cambia? El economista Albert Hirschman decía que ante una organización que no te gusta tienes dos opciones: la voz, protestar desde dentro, o la salida, marcharte. En un Estado tienes mucha voz y poca salida. En una micrópolis, probablemente poca voz y mucha salida. Si la salida no es real, el modelo es una trampa.
- ¿Qué pasa cuando él ya no esté? Weber avisaba de que el carisma no se hereda. Toda autoridad carismática acaba teniendo que convertirse en normas, o se derrumba con su líder.
- ¿Quién me protege de él? Hay que distinguir dos cosas que Álvaro D. María separa muy bien: la autoridad, que es el saber que reconocemos en alguien, y la potestad, que es el poder de obligarte. Admirar a alguien por lo que sabe no significa darle poder sobre tu vida.
8. Lo que podría salir mal
Siendo coherente con mi escepticismo, no puedo presentaros esto como el paraíso.
- El caso de Próspera es un campo de batalla. Honduras derogó en 2022 la ley que permitía estas zonas, y en 2024 su Corte Suprema las declaró inconstitucionales. Próspera ha demandado al país por cerca de 11.000 millones de dólares, más o menos un tercio de su PIB. Y algunos vecinos de la isla temen por sus tierras y su agua.
- Puede ser solo para unos pocos. El que puede irse es el que tiene dinero, idiomas y un trabajo en remoto. El riesgo es que quien no pueda moverse quede atrapado en un Estado cada vez más pobre y más duro.
- Puede ser un feudalismo con otro nombre. Una empresa que es a la vez tu casero, tu jefe y tu juez no suena muy distinto a un señor feudal.
- Los Estados también aprenden. La inteligencia artificial y el intercambio automático de información les dan una capacidad de control como nunca han tenido.
No sé cómo acabará. Como os decía en el capítulo 7, una cosa es predecir y otra desear. Lo que sí creo es que vamos hacia un mundo con más opciones. Y en un mundo con más opciones, gana quien está preparado para elegir.
9. Cómo prepararse
Aquí vuelvo a mi marco de siempre. Lo primero no es mirar fuera, sino dentro.
Primero, saber qué estilo de vida quieres. ¿Qué tipo de vida deseo? ¿Dónde? ¿Es posible conseguirla en el escenario actual? Si no lo es, ¿qué es más fácil, cambiar el escenario o cambiar yo? Sin estas respuestas, cualquier jurisdicción es buena o mala por casualidad.
Segundo, conocer y comunicar tus principios. Si vas a elegir dónde vivir según su idea del bien, primero tienes que saber cuál es la tuya. Victor Hugo lo decía así: "Cambiad de opiniones, mantened vuestros principios. Cambiad de hojas, conservad intactas las raíces." En un mundo que cambia tan rápido, las opiniones tienen que ser flexibles. Los valores, no.
Tercero, pensar en escenarios, no en predicciones. La pregunta no es qué va a pasar, sino qué decisiones me protegen en todos los casos. Yo veo tres escenarios: que el Estado-nación siga como hoy, que se vuelva más duro y cierre la salida, o que surjan jurisdicciones que compitan por nosotros. Lo que funciona en los tres es lo mismo:
- Salud. Tu cuerpo es lo único que te llevas a cualquier jurisdicción. Es lo que os proponía en el decreto Maricarmen.
- Patrimonio que viaja contigo. Conocimiento, habilidades, reputación y relaciones. Ningún Estado puede confiscarlos ni ponerles un impuesto de salida.
- No depender de un solo país. Lo que Olivier Roland llama dejar de ser "monopaís": ingresos, activos y opciones de residencia repartidos en más de un lugar. Siempre dentro de la ley.
- Algo de patrimonio fuera del sistema. Por ejemplo, Bitcoin bien custodiado. Sin olvidar sus riesgos: la custodia, los ataques físicos o, en el futuro, la computación cuántica. Y esto no es una recomendación de inversión.
- Una red de personas de confianza. En cualquier forma de organización, los vínculos son lo que te sostiene. Es lo que os contaba en el capítulo 8 sobre el compromiso.
10. Cómo preparar a nuestros hijos
Y esto es, al final, lo que más me importa. Mis hijas probablemente vivirán en un mundo con más jurisdicciones, más opciones y más figuras carismáticas que nunca. Lo que quiero darles para ese mundo es esto:
- Entender qué es el bien, y que cada forma de organizarse es una idea del bien convertida en reglas. Primero con normas firmes, y más adelante con el matiz, como os contaba en el capítulo 9.
- Entender qué es un Estado, de dónde viene y por qué no es eterno. Que sepan que hay otras formas, y que ninguna es perfecta.
- Conocer sus principios y saber comunicarlos. Para elegir bien dónde vivir, con quién trabajar y con quién formar una familia.
- Distinguir la autoridad de la potestad. Admirar a alguien por lo que sabe, sin entregarle el poder sobre su vida. Es la mejor vacuna contra los carismáticos.
- Tener un patrimonio que viaje con ellas. Idiomas, habilidades que valgan en cualquier sitio, una buena reputación y una buena red.
- Y pensar como estrategas. Saber qué vida quieren, mirar el escenario con honestidad y tener un plan para varios futuros, no solo para uno.
Si algún día una de ellas me dice que se va a vivir a una micrópolis, no quiero que la decisión me pille a mí por sorpresa ni a ella sin herramientas. Quiero que sepa hacerse las preguntas correctas. Y, si la respuesta es sí, que se vaya con raíces firmes y alas fuertes.
Un abrazo,
Gonzalo
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