miércoles, 21 de octubre de 2026
El lujo es la salud, la serenidad y una familia
Undécimo capítulo de la serie. Antes: He implantado el Decreto Maricarmen de Longevidad en casa, Este es mi voto en las elecciones pensando en longevidad, Guía para mi hija en vivienda, victimismo, esfuerzo y longevidad, Papá, ¿izquierda o derecha significa algo en longevidad?, Somos vectores de la inteligencia, Qué es el bien. Cómo saberlo. ¿Se puede saber?, Escepticismo moral ante la singularidad, Críticas al subjetivismo, al relativismo y al utilitarismo, Educación de hijos: Montessori, psicología positiva y escepticismo moral y Irse a vivir a un país donde es legal no morir y no pagar impuestos.
Hoy en día casi todo se puede comprar.
Una casa con vistas. Un coche que conduce solo. Un viaje a la otra punta del mundo. Ropa de diseño, relojes, cenas en restaurantes con estrella. Incluso, como os contaba en el capítulo anterior, quizá pronto la residencia en una ciudad con tus propias leyes.
Pero hay cosas que no.
- La serenidad.
- La salud.
- Un buen estado de forma.
- Unas pulsaciones bajas antes de dormir.
- Una familia que te quiera.
Y precisamente por eso, creo que se están convirtiendo en el nuevo símbolo de estatus.
"La frecuencia cardiaca en reposo es el nuevo reclamo sexual"
Hace unos días, Bryan Johnson publicó un mensaje que empieza así: "Resting heart is the new thirst trap. It's the sexiest thing about you". Algo así como: tu frecuencia cardiaca en reposo es lo más sexi de ti.
Lo interesante no es la frase, sino lo que cuenta después. Desde 2021 ha publicado más de 200 veces sobre ese número, con casi 80 millones de visualizaciones solo en X. Y explica que lo hizo a propósito. Su razonamiento es de una sinceridad brutal: "La gente adopta algo si le ayuda a conseguir sexo, dinero o poder".
Así que, en lugar de vender la frecuencia cardiaca como un dato médico aburrido, la presentó desde más de diez ángulos: masculinidad, fertilidad, rendimiento mental, disciplina, fuerza de voluntad, rebeldía contra lo establecido. Quería que una frecuencia baja fuera una señal de juventud, de vitalidad y, en sus palabras, de buena genética.
Y le ha funcionado. Hoy hay gente que publica sus pulsaciones como antes publicaba su coche.
Para Bryan, la frecuencia cardiaca antes de dormir es "el número que gobierna a todos los demás". Resume en una sola cifra lo que comes, cómo entrenas, cuánto estrés tienes, tu rutina y tu disciplina. Y tiene base: varios metaanálisis asocian una frecuencia en reposo más alta con más mortalidad. Eso sí, con matices. No es un número mágico, depende de la genética y de la edad, y una frecuencia demasiado baja también puede ser señal de un problema.
El estatus siempre sigue a lo escaso
Esto no es nuevo. Lo nuevo es qué es escaso.
A finales del siglo XIX, el economista Thorstein Veblen acuñó el término consumo conspicuo: comprar cosas caras no por su utilidad, sino para demostrar que puedes. Y los símbolos de estatus siempre han señalado lo que la mayoría no podía tener.
Cuando la comida escaseaba, estar gordo era señal de riqueza. Cuando la mayoría trabajaba al sol en el campo, la piel blanca era señal de clase. Cuando la mayoría pasó a trabajar en fábricas y oficinas, el bronceado pasó a significar que tenías tiempo y dinero para irte de vacaciones.
Hoy, en buena parte del mundo, la comida sobra. Los objetos se fabrican en serie. El lujo se imita en una semana. Lo que de verdad escasea es otra cosa: un cuerpo que funciona bien a los sesenta, una mente tranquila y tiempo de vida sana.
Por eso el nuevo estatus no es el dinero ni el poder. Es la longevidad.
No te puedes saltar la cola
La salud tiene una particularidad que la hace única como símbolo de estatus: no se puede delegar del todo.
Puedes pagar a alguien para que te limpie la casa, te haga la comida o te lleve las cuentas.
Pero nadie puede dormir por ti.
Nadie puede entrenar por ti.
Nadie puede tener tus pulsaciones bajas por ti.
El millonario más rico del mundo tiene que hacer las mismas sentadillas que tú.
Es, probablemente, el lujo más democrático que existe. Cuesta casi cero en dinero. Pero cuesta mucho en disciplina, constancia y renuncia. Por eso es tan escaso. Y por eso vale tanto.
Ahora bien, no quiero idealizarlo. El dinero sí compra una parte de la salud. Un estudio publicado en 2016 en la revista JAMA, del economista Raj Chetty, encontró que en Estados Unidos los hombres del 1% más rico viven de media unos 15 años más que los del 1% más pobre. Mejor comida, menos estrés, mejores médicos, barrios más seguros. La desigualdad de dinero ya se está convirtiendo en desigualdad de años de vida.
Y Yuval Noah Harari advierte en Homo Deus que el gran riesgo del futuro es que esa diferencia deje de ser económica y pase a ser biológica. Que los ricos no solo tengan más, sino que vivan mucho más.
Don't Die
Bryan Johnson lleva esta idea hasta el final con su lema: Don't Die, no mueras. Así se llama también su libro y su movimiento.
Su argumento enlaza con todo lo que os he contado en esta serie. Dice que estamos entrando en la era de la superinteligencia, y que en un momento así no podemos predecir casi nada del futuro. No sabemos qué trabajos existirán, qué valdrá el dinero ni cómo nos organizaremos. Lo único que sabemos con seguridad es que, para vivir lo que venga, primero hay que seguir vivo.
Es, en el fondo, lo mismo que yo os decía en el capítulo 7: no sé qué va a pasar, pero me gustaría estar aquí, en buena forma, para verlo.
Bryan también tiene una idea que me parece muy útil para el día a día. Habla de un "Bryan malvado": la versión de sí mismo que a las once de la noche quiere comerse un dulce, quedarse mirando el móvil o tomarse una copa. Su solución fue no dejarle decidir. Fijar sus hábitos de antemano para que la versión cansada no pueda sabotear a la descansada. Es exactamente la teoría de la empatía que os contaba hace años: el "yo" que decide descansado y el "yo" que tiene que cumplir cansado no son la misma persona.
Las jurisdicciones de la longevidad
Y aquí enlazo con el capítulo anterior.
Si las jurisdicciones van a competir por atraer a las personas que más aportan, ¿qué les van a ofrecer? Hasta ahora, la respuesta era pagar menos impuestos. Pero si el nuevo estatus es la longevidad, quizá la oferta más potente no sea fiscal, sino sanitaria: acceso a tratamientos que en otros sitios tardan una década en aprobarse.
Ya está pasando:
- Próspera, en Honduras. Como os contaba en el capítulo anterior, allí se celebró Vitalia, una ciudad temporal dedicada a la longevidad. Y allí se probó una terapia génica que no estaba aprobada en Estados Unidos. El propio Bryan Johnson se la puso en 2023.
- Montana, en Estados Unidos. En 2025, este estado aprobó una ley que permite a cualquier adulto, no solo a enfermos terminales, pagar por fármacos experimentales que hayan superado las primeras pruebas de seguridad, sin esperar a la aprobación de la FDA. Las normas para aplicarla entraron en vigor este verano, y la primera clínica podría abrir a finales de este año. Y uno de los que ayudaron a redactar la ley es Niklas Anzinger, vinculado precisamente a Próspera.
Pensadlo. Si mañana una jurisdicción ofreciera un tratamiento que te diera diez años más de vida sana, ¿cuánta gente se mudaría? ¿Cuánto pagarían? Los paraísos fiscales podrían quedarse pequeños al lado de los paraísos sanitarios.
Y una jurisdicción así podría volverse muy poderosa. Porque quien vive más acumula más: más conocimiento, más patrimonio, más contactos, más influencia. Es el interés compuesto aplicado a la vida. Unos pocos años extra de vida sana, multiplicados durante décadas, cambian el reparto del poder.
Pero con mucha cautela. Un catedrático de Harvard, Aaron Kesselheim, lo resume así sobre la ley de Montana: "La idea de que un fármaco ha demostrado ser seguro porque ha pasado una fase I es muy, muy errónea". Y como os decía en el capítulo anterior, la terapia de Próspera tenía a muchos expertos muy escépticos. Acelerar no siempre es avanzar.
¿Ya ha nacido la persona que no morirá?
Hace unos veinte años, el investigador Aubrey de Grey se hizo famoso con una frase: la primera persona que vivirá mil años quizá ya ha nacido. Ray Kurzweil habla de la "velocidad de escape de la longevidad": el momento en que, por cada año que pasa, la ciencia te dé más de un año extra de vida. A partir de ahí, en teoría, ya no envejecerías.
¿Y si esa persona ya está entre nosotros? ¿Y si es alguien como Bryan, que lleva años midiendo cada órgano de su cuerpo y gastando millones en ello?
Siendo coherente con mi escepticismo, os digo lo que pienso: hoy no hay ninguna prueba de que nadie haya frenado su envejecimiento de forma significativa. Las cifras de edad biológica de Bryan son llamativas, pero son discutidas, y él mismo es su único sujeto de estudio. La velocidad de escape es una hipótesis, no un hecho.
Pero si alguien llega, probablemente lo hará así: llegando en buena forma al momento en que la ciencia dé el salto. Por eso no me parece una locura que la longevidad se convierta en el estatus más buscado. Es la única riqueza que te permite seguir disfrutando de todas las demás.
Lo que no se compra, se construye
Así que, si el nuevo lujo no se puede comprar, la buena noticia es que se puede construir. Y empieza hoy, no en ninguna jurisdicción futura.
- Pulsaciones bajas antes de dormir. Cenar pronto, evitar el alcohol, entrenar de forma regular, bajar las pantallas por la noche. Es lo que proponía en el decreto Maricarmen.
- Buen estado de forma. Fuerza, sobre todo. Es lo que mejor protege tu independencia cuando cumples años.
- Serenidad. No dejar que el miedo, el ruido de las noticias o la prisa decidan por ti. Expectativas bajas en lo que no controlas, esfuerzo máximo en lo que sí.
- Una familia que te quiera. Y una red de personas de confianza. Como os contaba en el capítulo 8, la calidad de las relaciones es de lo que mejor predice una vida larga y feliz. Y eso tampoco se compra. Se cultiva durante años.
Si os fijáis, es la misma lista del principio. Lo que no se puede comprar es justo lo que hay que construir.
Puedes tener la casa más grande del barrio. Pero tus pulsaciones de esta noche, tu calma y el abrazo de tus hijos cuando llegas a casa no los vende nadie.
Ese es el patrimonio que quiero para mí. Y el que quiero enseñar a mis hijas a construir.
Un abrazo,
Gonzalo
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